La reciente condena contra Álvaro Uribe Vélez, expresidente de Colombia, no solo marca un punto de inflexión en la historia jurídica del país; representa el colapso simbólico de un modelo de poder que se creyó intocable. El fallo emitido por la jueza 44 Penal del Circuito de Bogotá no es una victoria política ni una revancha personal: es un susurro de justicia en un país acostumbrado al grito impune del miedo.

El senador Iván Cepeda, quien por más de una década ha enfrentado amenazas, difamaciones y procesos judiciales por atreverse a señalar al expresidente, encarna el coraje de una democracia que resiste. La sentencia condenatoria por soborno y fraude procesal no es solo un hito judicial, es un acto de memoria y dignidad en una nación donde la verdad ha sido sistemáticamente sepultada por el ruido mediático y las cloacas del poder.

La reacción de la derecha, agitada y desafiante, revela más de lo que quiere ocultar. En lugar de aceptar el fallo, se victimizan, gritan persecución y claman una supuesta guerra jurídica, mientras desinforman desde medios aliados y manipulan la narrativa. Pero esta vez, Colombia parece no estar dispuesta a retroceder. Porque no es solo la condena de un hombre, sino la apertura de una puerta para que el sistema de justicia transicional avance y se fortalezca.

Y aquí el papel de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) cobra una relevancia ineludible. ¿Puede una sociedad tan herida, tan manipulada por décadas, confiar en un sistema que apenas empieza a mostrar dientes? El caso Uribe es un espejo: refleja lo que fuimos, lo que permitimos, pero también lo que podríamos ser si decidimos no mirar hacia otro lado.

En un país feminicida, clasista, racista, la justicia debe tener rostro, nombre y cuerpo. No puede seguir siendo una entelequia masculina al servicio del poder. Por eso esta condena, imperfecta y limitada, duele tanto a quienes construyeron sobre el miedo su narrativa de éxito.

Lo cierto es que el expresidente ya no puede sostenerse sobre el pedestal que se erigió a sí mismo. El mito empieza a fracturarse. Y mientras algunos lloran el ocaso de su caudillo, otros celebramos que, por fin, el país empieza a escuchar a quienes fueron silenciados por años. La historia, con su tiempo lento pero certero, parece estar despertando.