Hubo que esperar casi tres años para que, en las altas esferas del gobierno, se cayera en cuenta de lo obvio: seguir financiando a los grandes medios corporativos era una estrategia tan costosa como inútil. La apuesta por la pauta tradicional, en un intento fallido por comprar la buena voluntad de la prensa, no era un plan de comunicación, sino un pozo sin fondo. Por fin, se ha puesto sobre la mesa la verdadera prioridad: los medios digitales.

El pasado sábado, un llamado urgente reunió a los jefes de comunicación. La directriz era clara y contundente: radicalizar el discurso y reorientar los presupuestos hacia las plataformas digitales. El mensaje, esperado por muchos, era la validación de que el presente y el futuro de la comunicación ya no residen en los periódicos de papel ni en los noticieros de la televisión tradicional, sino en la inmediatez y el alcance de las redes.

Pero la orden, por muy sensata que sea, enfrenta un obstáculo insalvable: su propio equipo. Mientras el presidente ha predicado la democratización de la información, su séquito de asesores ha mantenido una obsesión casi patológica con el viejo manual de la comunicación. Preferían complacer a quienes nunca los tratarían con justicia, en lugar de construir sus propios canales de diálogo directo con la ciudadanía.

Los ejemplos de esta ceguera son tan numerosos como desastrosos. La pomposa celebración de los 500 años de Santa Marta se convirtió en un bochorno televisivo, que demostró la falta de previsión y profesionalismo. En las redes sociales, el panorama es aún más desolador: ministros que parecen fantasmas, asesores digitales que de digitales no tienen nada, y un presidente que libra sus batallas en X, solo, sin que nadie se digne a darle un solo retuit. No es falta de una línea editorial, sino de lealtad y, lo que es peor, de oficio.

Es una lástima que la estrategia correcta llegue cuando el partido está por terminar. Sí, la apuesta por lo digital y la radicalización del mensaje son el camino. Pero qué ironía que el presidente, que ve el futuro, esté rodeado de un equipo que se aferra al pasado. Al final, la comunicación también es poder, y ellos parecen empeñados en demostrar que lo están perdiendo