En cada campaña electoral ocurre el mismo milagro: las mujeres aparecen.
Aparecen en los discursos, en las fotos, en los programas de gobierno, en las promesas de última hora y en esas frases cuidadosamente diseñadas para sonar sensibles sin incomodar demasiado. De pronto, todos descubren que las mujeres cuidan, trabajan, votan, emprenden, sostienen hogares, sufren violencias y merecen oportunidades. Qué revelación tan oportuna. Qué sensibilidad tan puntual. Qué feminismo tan electoral.
Pero una agenda de género no se mide por la cantidad de veces que una candidatura pronuncia la palabra “mujer”. Se mide por el modelo de Estado que propone. Y ahí es donde la cosa se pone seria.
El análisis de Razón Pública sobre la contienda presidencial de 2026 muestra algo clave: las campañas no entienden lo mismo cuando hablan de “política para mujeres”. Algunas proponen transformaciones estructurales; otras gestionan desigualdades con instrumentos administrativos; otras reducen el tema a seguridad, familia o pobreza; y algunas, sencillamente, casi no tienen agenda específica.
Esa diferencia importa. Porque no es lo mismo hablar de mujeres como sujetas de derechos que tratarlas como población vulnerable. No es lo mismo reconocer la economía del cuidado como una estructura injusta que ofrecer ayudas sueltas para que las mujeres sobrevivan un poco mejor dentro del mismo modelo. No es lo mismo defender autonomía que convertir la maternidad, la familia o la moral en jaulas bonitas.
El cuidado aparece como uno de los grandes consensos de la campaña. Y sí: es importante. Las mujeres cargan de manera desproporcionada con el trabajo no remunerado, lo que limita su participación económica, educativa y política. Pero cuidado con el cuidado. Si se convierte en la única puerta de entrada para hablar de mujeres, volvemos al mismo lugar: las mujeres vistas únicamente como cuidadoras, no como líderes, científicas, empresarias, trabajadoras, candidatas, negociadoras, rectoras, presidentas o dueñas del poder.
La pregunta feminista no es solo quién promete cuidar a las mujeres. La pregunta es quién está dispuesto a redistribuir el poder.
Porque una política de género seria debe hablar de autonomía económica, brecha salarial, acceso al crédito, violencia basada en género, participación política, aborto, justicia, liderazgo, representación y presupuesto público. Razón Pública señala cinco dimensiones necesarias: económica, institucional, social, de seguridad y de poder. Esa última suele ser la más incómoda. A las mujeres se nos admite mejor como víctimas que como amenaza política.
Y ese es el punto.
La democracia colombiana quiere el voto de las mujeres, pero todavía duda cuando las mujeres exigen mando. Quiere nuestra presencia, pero no siempre nuestra agenda. Quiere nuestra emoción, pero no nuestra rabia. Quiere nuestra historia de superación, pero no nuestra capacidad de cambiar las reglas.
En 2026, las mujeres no pueden dejarse convertir en decorado programático. No basta con que nos nombren. Hay que preguntar qué proponen, cuánto cuesta, quién lo ejecuta, qué instituciones lo garantizan y qué derechos están dispuestos a defender incluso cuando incomoden.
Porque prometer “mujeres” sin hablar de poder es otra forma de domesticación.
Y nosotras no estamos para adornar campañas.
Estamos para disputar el país.