El inicio de 2025 trae consigo el ajuste del salario mínimo, una medida económica tradicionalmente promovida como herramienta para garantizar el bienestar de los trabajadores. Sin embargo, más allá de los titulares optimistas, es esencial analizar críticamente sus implicaciones y limitaciones, especialmente desde una perspectiva feminista y progresista.

El salario mínimo, ahora fijado con incrementos que buscan equiparar la inflación y el costo de vida, plantea preguntas fundamentales sobre su eficacia en la lucha contra la desigualdad económica. Para las mujeres, que enfrentan una brecha salarial persistente y están sobrerrepresentadas en sectores precarios, esta medida no siempre garantiza una mejora sustancial.

Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) , las mujeres ocupan la mayoría de los empleos que pagan el salario mínimo o menos, como el trabajo doméstico y el comercio informal. Esto, sumado a la falta de políticas complementarias como la paridad salarial, limita la capacidad del salario mínimo para cerrar las brechas estructurales de género.

La fijación del salario mínimo también debe mirarse a través del prisma de la justicia económica. Aunque el incremento puede aliviar temporalmente la presión financiera en los hogares, sigue siendo insuficiente frente a una economía neoliberal que perpetúa desigualdades.

Un enfoque feminista exige ir más allá de las medidas simbólicas y plantear políticas integrales, como la creación de empleos dignos, la universalización de los derechos laborales y el acceso equitativo a beneficios sociales. Sin estos elementos, el salario mínimo se convierte en un parche temporal, más que en una solución de fondo.

Es crucial cuestionar si las políticas económicas actuales realmente sirven a quienes más lo necesitan o si simplemente perpetúan un modelo excluyente. En un contexto donde las mujeres siguen siendo el motor económico invisibilizado, el salario mínimo debería ser parte de un plan más ambicioso que incluya la redistribución de recursos, la eliminación de la discriminación laboral y el reconocimiento del trabajo no remunerado.

El salario mínimo es un paso, pero no un destino. Para construir sociedades equitativas, debemos abandonar las soluciones simplistas y apostar por transformaciones profundas. Desde Revoltosas , seguimos reflexionando y exigiendo que las políticas económicas coloquen a la igualdad y la dignidad humana en el centro del debate.