La paradoja entre la libertad sexual y lo que le exigimos a la sociedad
Mientras scrolleaba en redes, me encontré con dos datos que no pude pasar por alto; mas de 50.000 mujeres ejercen trabajo de Webcam en Colombia, y un estudio sobre la pornografía y sus efectos en el cerebro; esto me obligo a hacerme una pregunta, que se formula muy pocas veces en voz alta y es ¿somo coherentes las mujeres con lo que exigimos?
Aclaro que no me interesa señalar a alguien en particular o lanzar culpas sin propósito, escribo desde la incomodidad de quien cree que el feminismo más honesto es el que también se mira al espejo.
Llevamos años levantando la voz en contra de la hipersexualización del cuerpo femenino, hemos estado en desacuerdo con la publicidad que por ejemplo vende cerveza con cuerpos de mujer, en contra el acoso en la calle, en contra de plataformas que monetizan con imágenes intimas sin consentimiento, en contra de una cultura que históricamente ha reducido a la mujer a un objeto de deseo masculino. Luchas completamente legitimas y necesarias, que nos han permitido ocupar espacios que antes eran impensables.
Pero hoy se presenta una paradoja disfrazada de libertad, mientras exigimos que la sociedad deje de tratar el cuerpo femenino como mercancía, miles de mujeres participan activamente en su comercialización. Y el debate feminista, ha evitado esa tensión antes que enfrentarla. Por eso la pregunta no es si las mujeres tienen derecho a hacerlo. Lo tienen. La pregunta es si nos estamos cuestionando las consecuencias colectivas de esas decisiones individuales. Porque la libertad existe, sí, pero cada decisión genera consecuencias.
Por otro lado, la industria pornográfica que en la actualidad es mayormente alimentada por el trabajo de Webcam, no es un espacio neutral, La pornografía no es solo “entretenimiento para adultos” que ocurre en una pantalla y se queda ahí. Y de acuerdo con un estudio publicado en 2025 en Frontiers in Human Neuroscience analizó el impacto neurológico del consumo frecuente de pornografía. Los resultados son difíciles de ignorar: quienes consumen pornografía con alta frecuencia muestran alteraciones en la conectividad cerebral, respuestas emocionales y fisiológicas más intensas, y un deterioro notable en el rendimiento cognitivo, patrones que los investigadores comparan directamente con los observados en personas con trastornos por consumo de sustancias.
En el grupo de alta frecuenta de consumo pornográfico evidencio expresiones emocionales más planas, con reacciones más vacías o neutrales, lo que sugiere que la exposición repetida a contenido explícito puede reducir la capacidad de respuesta emocional. En otras palabras, el consumo sostenido de pornografía no solo genera adicción: reconfigura la forma en que el cerebro siente, procesa y reacciona.
Paremos un momento y analicemos esto, ¿Por qué es importante reflexionar? Por lo general la pornografía suele mostrar que la mujer disfruta del sexo sin consentimiento o que solo debe estar dispuesta para coger cuando el hombre lo desee, esta narrativa, ha marcado la forma en como nos comportamos y no se queda en una pantalla, migra a las relaciones, a las expectativas, a los imaginarios con los que hombres y mujeres construyen su sexualidad.
Le pedimos a los hombres que no nos vean como objetos. Le pedimos a la sociedad que reconozca nuestra dignidad. Le pedimos a las instituciones que sancionen la violencia de género. Pero si una parte de lo que alimenta esa violencia se construye también con la participación de mujeres ¿podemos seguir hablando solo de lo que la sociedad debe cambiar? No estoy diciendo que la responsabilidad sea de las mujeres que trabajan en Webcam. Estoy diciendo que la responsabilidad de pensar estas contradicciones sí es de todas nosotras.
El feminismo ha ganado batallas enormes. Ha puesto en la agenda pública conversaciones que hace treinta años eran impensables. Pero su mayor riesgo, hoy, no es el ataque externo: es la comodidad interna. A etiquetar como «conservadora» cualquier pregunta que cuestione decisiones que se presentan como liberadoras.
Cuestionarse no es traicionar al movimiento. Es madurarlo. ¿Cuánto nos cuestionamos las mujeres? Esa debería ser una pregunta que nos hagamos con la misma fuerza con que se la hacemos a los demás.