En Colombia, ser mujer es caminar sobre un campo minado. Un país donde cada día nos faltan más, donde la justicia se viste de burocracia y los feminicidios siguen acumulándose como si fueran parte del paisaje. Pero no son números, no son noticias pasajeras. Son vidas arrancadas, sueños truncados, historias que nunca debieron tener un final violento.

Los feminicidios en Colombia son una deuda impaga de la justicia. No se trata solo de las cifras escalofriantes, sino de la indiferencia institucional, de la revictimización, del abandono de las víctimas antes y después de ser asesinadas. La respuesta del Estado es tan predecible como insuficiente: comunicados de repudio, promesas vacías y una maquinaria judicial que actúa tarde, si es que actúa.

Las cifras no mienten, pero tampoco lo dicen todo. Según datos de organizaciones feministas y la Defensoría del Pueblo, cada año cientos de mujeres son asesinadas por el simple hecho de serlo. Pero la impunidad es la verdadera protagonista: casos que se archivan sin respuestas, agresores que caminan libres, víctimas que fueron a denunciar antes de ser asesinadas y no encontraron más que puertas cerradas.

Un sistema diseñado para no funcionar

Hablar de feminicidios en Colombia es hablar de un sistema que nunca tuvo intención de protegernos. Las rutas de atención son un laberinto burocrático donde las víctimas deben probar su miedo, soportar la revictimización y confiar en instituciones que les fallan una y otra vez. Las casas de refugio son insuficientes, las líneas de atención no son efectivas y las órdenes de protección muchas veces son simples papeles sin fuerza real.

El mensaje es claro: el sistema no está hecho para salvarnos, sino para administrar nuestra tragedia.

La normalización de la violencia: cuando la indignación dura un titular

Cada feminicidio genera un pequeño terremoto en redes sociales. Indignación, hashtags, marchas. Pero el problema es que la violencia feminicida en Colombia se ha vuelto un ruido de fondo. Nos hemos acostumbrado a que nos maten, a que nos desaparezcan, a que nuestras historias sean un trámite en el noticiero del mediodía.

Los agresores lo saben. Saben que pueden golpear, amenazar, violar y, en el peor de los casos, matar, porque la sociedad sigue preguntándose si la víctima “hizo algo” para provocar su destino. Los medios de comunicación contribuyen a este relato con titulares que justifican al agresor: «crimen pasional», «celos descontrolados», «disputa amorosa». El lenguaje mata tanto como las armas.

¿Dónde está el Estado cuando nos matan?

El feminicidio no es un problema individual, es una crisis de Estado. Pero en Colombia, la agenda política apenas si le presta atención. Mientras se discuten reformas económicas y estrategias de seguridad, la protección de las mujeres sigue siendo una nota al pie.

No es falta de recursos, es falta de voluntad. No es un problema nuevo, es un problema ignorado. Y mientras el gobierno no actúe con firmeza, las mujeres seguirán cayendo en un país que las olvida antes de enterrarlas.

La resistencia es nuestra única opción

Frente a un Estado ineficaz y una sociedad adormecida, la resistencia feminista se ha convertido en la única respuesta real. Son las colectivas de mujeres quienes acompañan a las víctimas, quienes exigen justicia, quienes sostienen la memoria de las que ya no están.

Pero no podemos seguir luchando solas. La erradicación del feminicidio no es solo una causa feminista, es una lucha de toda la sociedad. Es hora de que Colombia despierte, de que la indignación no sea efímera, de que la justicia llegue antes de que la violencia se cobre otra vida.

Porque estamos hartas de que nos maten. Y aún más hartas de que nadie haga nada al respecto.