En Colombia, la violencia contra las mujeres sigue cobrándose vidas en medio de una sociedad que parece acostumbrarse a estos horrores. La reciente noticia de una mujer apuñalada más de 10 veces por su pareja, un hombre de 71 años, mientras transeúntes miraban sin intervenir, es un recordatorio desgarrador de la deshumanización y la normalización de estas tragedias.

La víctima, atacada brutalmente en público, representa mucho más que una estadística en los titulares de enero de 2025. Su caso pone en evidencia cómo la indiferencia social y la falta de reacción contribuyen a perpetuar una cultura de violencia que despoja a las mujeres de su derecho más básico: vivir. ¿Cuántas alertas más necesitamos para reconocer que la omisión también es complicidad?

El feminicidio no es solo un acto individual de un agresor, es un fenómeno social sostenido por la falta de educación, la permisividad cultural y la ausencia de políticas públicas efectivas. En este caso, como en muchos otros, el agresor tenía antecedentes de violencia y, sin embargo, no hubo un sistema que protegiera a la víctima.

El silencio de los testigos se suma al eco de instituciones que no logran responder. Esto nos obliga a preguntarnos: ¿qué podemos hacer como sociedad para romper este ciclo? Necesitamos rutas de atención accesibles, educación con perspectiva de género desde la infancia y, sobre todo, una transformación cultural que reconozca a las mujeres como sujetas de derechos.

Cada acto de violencia machista es un fracaso colectivo. Y cada vida arrebatada debería ser suficiente para que todos nos movilicemos, no solo en redes sociales, sino también en las calles, en los hogares y en las aulas. Porque el cambio no llegará solo; el cambio somos nosotras.