Etimológicamente el término abogado tiene su origen en el latín advocātus, que significa “el que está llamado a ayudar”, y cuyo fin será la persecución de la justicia. En Colombia estamos inundados de abogados con más de 410.000 profesionales titulados a finales de 2024 y que para 2025 se estimó la graduación de entre 12.000 y 20.000 nuevos profesionales, llegando a 786 juristas por cada 100.000 habitantes.

Con esa cantidad de abogados en ejercicio, se creería que podemos contar sin falta con quien nos represente en cada trámite en el que se requiera alguno, aunque lo cierto es que no todos los colombianos tienen los recursos para contratar alguno; la abogacía al tratarse de una carrera puramente humanista deberá estar al servicio de cualquiera, pero la realidad no es así y es en este punto donde se comienza a fragmentar la labor.  

Tal vez en las diferentes facultades de derecho de las universidades del país se ha vuelto común educar al estudiante para que crea que labor del abogado está en meramente hacer cumplir la ley y hacer poco énfasis en el principio ético, moral y legal de la justicia, sentir que se ha apagado en las últimas décadas, y olvidando que las leyes en el país se han creado para favorecer empresas, familias adineradas, intereses de unos pocos y en últimas al pueblo, esto solo si hay lugar para debatirlo.

Por otro lado, sabemos bien que los cargos de fiscal, juez, magistrado y uno que otro cargo de la administración pública, son ejecutados por abogados, al menos representan una mayoría de personas con poder, y de quienes se presume tienen conocimiento de las leyes y como dicta el principio latín, “el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento”, y surge la duda ¿Por qué hay tanta injusticia en el país? ¿Por qué hay tanta corrupción?

Basado en lo anterior, se vuelve necesario cuestionar la labor en general, será un abogado del bien o del mal, aquel juez que deja en libertad a un homicida, feminicida, o aquel capturado en flagrancia, serán justas las razones por ejemplo del juez que considera la libertad del presunto feminicida de Laura Valentina asesinada el pasado 21 de febrero en Bogotá quien confesó haberlo hecho por no considerarlo un peligro para la sociedad. O aquel juez que por pereza y falta de profesionalismo no atiende los casos de su despacho y para moverlo hay que llegarle con chocolates en el menor de los casos.

Será un abogado del bien o del mal, aquel fiscal que pide dinero a los acusados para archivar sus procesos, o aquel que sin pedirlo recibe el dinero sea cual sea la razón. Será un abogado del bien o del mal, aquel profesional que trabaja en el sector financiero y siguiendo ordenes redacta proyectos de ley para favorecer al banquero, escrito que va a parar en manos por lo general de otro abogado para hacer lobby en el congreso.

 Será un abogado del bien o del mal, aquel que decide representar a un individuo y no adelanta los trámites que se quieren de acuerdo con el proceso, o supedita las actuaciones al pago de lo acordado, y como vemos en el peor de los casos el ejemplo del hoy candidato presidencial Abelardo de la Espriella, que conforme a las denuncias de David Murcia Guzman-DMG pidió además del dinero de la representación pidió dinero para comprar a congresistas y convencerlos de firmar leyes que beneficiaban a DMG.

 Entonces ¿para qué tanto abogado? Cuando el fin último no es garantizar la armonía a través de la justicia, todo acto por más audaz o noble que sea pierde toda validez.

Todo lo anterior no es solo una critica al gremio. Es un duelo. El duelo de un país que creyó en la justicia y aprendió, a golpes, a desconfiar de ella. Cada colombiano que entró a un juzgado con fe y salió con las manos vacías sabe bien de esto. Cada víctima que vio a su agresor quedar libre entiende el peso de estas palabras. La justicia no es un concepto abstracto, es la madre que espera respuesta, el trabajador que perdió todo, el joven que no sabe si denunciar o calla, porque callar muchas veces, es más seguro. Cambiar esto no es solo cuestión de reformas ni de nuevas leyes, que también hacen falta. Es una transformación de la consciencia, necesitamos abogados que recuerden por que eligieron esa carrera, jueces que reflexionen antes de tomar una decisión, fiscales que no le pongan precio a la verdad. Necesitamos en definitiva que la promesa de advocātus vuelva a significar algo, y el que está llamado a ayudar, ayude de verdad.  Por qué en un país donde la ley existe, pero la justicia no llega, de nada sirven los juristas, lo que faltan no son más abogados. Lo que falta es que los que hay decidan, de una vez, de qué lado están.