Bogotá, 25 de agosto de 2025.

El sol de agosto se filtra entre las nubes, proyectando una luz tenue sobre las calles de Bogotá. Hoy no es un día cualquiera. Hoy se cumplen 71 años de un acto que, aunque a primera vista parezca simple, reconfiguró la historia de Colombia para siempre: el derecho al voto femenino. Es un aniversario que nos obliga a mirar hacia atrás, a honrar la tenacidad de quienes lo hicieron posible y a reflexionar sobre el camino que aún nos queda por recorrer.

El 25 de agosto de 1954, bajo el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó el Acto Legislativo No. 3, que otorgó a las mujeres el derecho a elegir y ser elegidas. La noticia, aunque celebrada por muchas, fue el punto culminante de una lucha que había comenzado décadas atrás, en las mentes y en los escritos de mujeres valientes y visionarias.

Las pioneras de una revolución silenciosa

Los nombres de Ofelia Uribe de Acosta, Georgina Fletcher, Clotilde Betancourt de la Vega y Esmeralda Arboleda de Cárdenas, entre muchas otras, resuenan en los ecos de la historia. Ellas no blandieron armas, sino la pluma y la palabra. Fundaron revistas como Letras Femeninas, escribieron artículos, organizaron congresos y se enfrentaron a una sociedad patriarcal que las relegaba al ámbito doméstico. Su lucha no era solo por el voto, sino por el acceso a la educación, por el derecho a la propiedad y por ser reconocidas como ciudadanas plenas.

Los argumentos de la época eran absurdos desde la perspectiva actual: que las mujeres eran demasiado emocionales, que sufragio las alejaría de su rol de madres y esposas, que serían fácilmente manipulables por los partidos políticos. Pero ellas, con una paciencia inquebrantable, desmantelaron cada uno de esos prejuicios con argumentos sólidos y una convicción inquebrantable.

El primer voto: un paso de gigante

A pesar de que el derecho fue aprobado en 1954, las mujeres colombianas no pudieron ejercerlo sino hasta las elecciones del 1 de diciembre de 1957, en el marco del plebiscito que daría inicio al Frente Nacional. Fue un momento histórico. Miles de mujeres, muchas de ellas por primera vez, se dirigieron a las urnas con una mezcla de emoción, nerviosismo y orgullo. Ese día, la política dejó de ser un asunto exclusivo de hombres. Se abrieron las puertas de la participación ciudadana para la mitad de la población.

El rostro de la política colombiana comenzó a cambiar, aunque de manera gradual. Esmeralda Arboleda, la misma que luchó por el voto, se convirtió en la primera senadora de la República en 1958. Le siguieron otras mujeres que, con su trabajo y dedicación, demostraron que su lugar no era solo en la casa, sino en los espacios de poder, en la toma de decisiones, en la construcción de la nación.

El presente y los desafíos por venir

Setenta y un años después, el panorama es otro. Hoy, las mujeres ocupan curules en el Congreso, son ministras, alcaldesas y gobernadoras. La participación política de la mujer ha avanzado de manera significativa, aunque no sin obstáculos. La paridad, la eliminación de la violencia política y la representación equitativa en todos los niveles de gobierno siguen siendo desafíos urgentes.

Hoy, al conmemorar este aniversario, no solo celebramos un derecho, celebramos la perseverancia, la valentía y la visión de quienes creyeron en una Colombia más justa y equitativa. El voto femenino no es solo un acto de marcar una casilla. Es un símbolo de la lucha por la igualdad, un recordatorio de que los derechos no son regalos, sino conquistas.

Y es también una invitación a las nuevas generaciones: a no olvidar la historia, a honrar el legado de las pioneras y a seguir construyendo una sociedad donde la voz de cada mujer cuente, y resuene, en cada rincón del país. La larga marcha hacia la urna ha sido exitosa, pero la caminata hacia la igualdad total aún continúa. Y en ese camino, cada voto, cada voz y cada acción, sigue siendo vital.