En su más reciente alocución ante el Congreso, Gustavo Petro no solo rindió cuentas: tejió una narrativa de país que, aunque imperfecta, pone la vida en el centro. Y en tiempos donde lo popular es difamar, banalizar o distraer, tener un presidente que habla de bebés salvados de la desnutrición, de mujeres que no mueren pariendo, de campesinos con tierras y de jóvenes en la universidad, es, al menos, esperanzador.

Desde una mirada feminista, este discurso confronta el modelo que históricamente nos ha querido calladas, obedientes, domesticadas. Petro nos propone todo lo contrario: un país que cuida, que previene, que educa. Un país que se hace cargo de su deuda histórica con las mujeres, las madres, los niños, los campesinos, los cuerpos racializados, los territorios olvidados.

¿Es suficiente? No. Pero es un comienzo. Es un intento por desmontar la economía de la muerte —de la renta, el extractivismo, la guerra y el lucro con la salud— y construir una economía del cuidado. Una política de la vida. Una biopolítica con sentido de humanidad.

¿Y la oposición? Grita, rabia, se burla. No porque defienda la vida, sino porque siente que pierde sus privilegios. Lo que vimos el 20 de julio fue más que una rendición de cuentas: fue una disputa entre quienes quieren volver al orden de los esclavistas y quienes creemos que el futuro solo puede ser popular, democrático y profundamente vital.

Nosotras, las que hemos parido mundos y resistencias, sabemos que la política que vale la pena no es la que miente, sino la que cuida. Y este gobierno, con todas sus tensiones, ha empezado a cuidar.