Desde este 15 de julio, Colombia marcó un cambio de época: la jornada laboral se reduce de 46 a 44 horas semanales, en cumplimiento de la Ley 2101 de 2021, que busca llegar a 42 en 2026. Este ajuste no significa menos ingresos, sino más tiempo para nosotras, para vivir, para respirar, para reclamarnos.

Esta reforma no es un regalo: es un grito feminista que dice basta al agotamiento. “Menos horas no implica menos salario”, recuerdan desde el Ministerio, y lo reafirma la directora del Observatorio Laboral de la Javeriana, Juliana Morad, quien asegura que podría fomentar el empleo juvenil y la flexibilidad.

El camino ha sido gradual: 48→47→46→44→42 horas. Un calendario pensado para balancear vida y trabajo en un país donde las mujeres cargan con jornadas invisibles de cuidado doméstico extra. Preguntar “¿y la hora de almuerzo?” revela la duda de siempre: ¿quién cuida lo invisible? La respuesta: sigue siendo extra.

Empresas y sectores productivos, especialmente las pymes, han alzado banderas: calculan que los costos podrían subir hasta un 6 % por hora trabajada y hasta un 34 % total considerando recargos nocturnos y dominicales. Sin embargo, el cambio también ha sido una oportunidad: compañías como Essity ya implementan las 42 horas de facto, han creado más de 300 empleos y mejorado procesos sin reducir salarios.

No se trata solo de números: es una grieta en el sistema laboral patriarcal. Cada hora que recuperamos no pertenece al patrón, sino a nosotras, al descanso que merecemos. A nuestra salud, nuestra crianza, los proyectos o la rabia necesaria para cambiar todo. Cada minuto ganado es un acto político.