Hoy salía, como siempre, a pasear a mi perro antes de ir a trabajar. En eso, pasa una señora a mi lado y lanza una frase que, por cínica, quedó retumbando en mi cabeza:

—¿Pero ve que no tiene plata porque le tocó pasarle a la fiera?

Tan solo eso. Una frase lanzada al viento, como quien no dice nada. Pero fue suficiente. Durante el resto del camino, no pude evitar reconstruir mentalmente la historia detrás de esas palabras. Porque aunque no conocía a ninguno de los personajes, bastaba ese fragmento para intuir lo esencial.

La fiera —según la señora— es la destinataria de un dinero que, al parecer, debería estar mejor empleado. ¿Pero qué hay detrás de esa etiqueta feroz?

Me la imaginé pidiendo la cuota alimentaria. Tal vez algo para los útiles, o para la ropa de su “cría”. Me la imaginé cansada, exigiendo cada mes, una y otra vez, lo justo para poder estar al día con sus cuentas. Me la imaginé sola, criando a ese hijo que en algún momento fue engendrado —quiero pensar— con amor.

La fiera no pudo hacer su vida como la había planeado, porque claro, esto no fue deseado. Y aun así, le tocó.

Pertenece a ese grupo inmenso, aunque invisibilizado, de mujeres que luchan cada día por un trato igualitario. Porque si dos personas decidieron (o asumieron) traer una vida al mundo, entonces ambos deberían ser responsables. Pero no. Ese ser, que no pidió venir, crece viendo las disputas por una responsabilidad que solo uno parece cargar.

Lo que más me duele es que ese comentario haya venido de otra mujer. Una que, seguramente, también ha vivido injusticias parecidas. Una que, quizás, en algún momento tuvo que agachar la cabeza y aceptar que la paridad no existe. Que jamás será igual. Porque al final, a ella se le desgarró el cuerpo. Y luego, el alma. Y entendió —a fuerza de realidad— que la maternidad está tan romantizada, que la coparentalidad y la corresponsabilidad siguen siendo fantasmas. Palabras bonitas que no se concretan.

Y si todo esto que imaginé no fuera más que una invención… si la fiera fuera solo un apodo sin mayor trasfondo, y nada de lo que pensé fuera cierto… aún así, las cifras me contradicen.

Porque allá afuera hay miles de fieras que cargan con todo. Y lo más triste es que, encima, les toca pedir permiso para existir.