En Costa Rica, decidir sobre el propio cuerpo puede costar hasta seis años de cárcel. Así de brutal es la propuesta legislativa que busca endurecer las penas contra quienes aborten, sin importar las razones, sin importar la desesperación, sin importar la vida de las mujeres. En un país donde el aborto ya es restringido y solo permitido en casos donde la salud de la madre está en riesgo, este intento de criminalización extrema no es más que un castigo a la autonomía femenina.

Esta medida no solo expone la arremetida conservadora contra los derechos sexuales y reproductivos en América Latina, sino que también ignora por completo las condiciones en las que muchas mujeres y niñas enfrentan embarazos no deseados. No es una política de protección de la vida, es una política de control sobre los cuerpos de las mujeres, un castigo disfrazado de moralidad.

Las estadísticas hablan solas. En Costa Rica, al igual que en muchos otros países de la región, miles de mujeres se ven obligadas a buscar métodos inseguros para interrumpir sus embarazos. La clandestinidad no desaparece el aborto, solo lo vuelve más peligroso. Pero quienes impulsan este tipo de reformas no buscan salvar vidas; buscan disciplinarlas, someterlas, hacer del útero un territorio vigilado.

Y mientras se imponen penas de cárcel para quienes toman decisiones sobre su propio cuerpo, el Estado sigue sin garantizar educación sexual integral, acceso a anticonceptivos, apoyo a madres adolescentes ni condiciones dignas para la crianza. Porque en el fondo, esta lucha nunca ha sido por la vida, sino por el control.

El aborto no es un crimen, la criminalización del aborto sí lo es. Lo saben los organismos de derechos humanos, lo saben los movimientos feministas y lo saben las miles de mujeres que, a pesar del miedo, siguen exigiendo justicia reproductiva. Pero parece que los gobiernos prefieren castigar antes que escuchar.

Costa Rica enfrenta hoy una encrucijada. Puede elegir el camino del respeto a los derechos humanos o puede sumarse a la lista de países que condenan a sus mujeres a la clandestinidad y el sufrimiento. Pero si algo ha demostrado la historia es que, por muchas leyes que quieran imponernos, por muchas sentencias que quieran dictar sobre nuestros cuerpos, no van a detenernos. Porque cuando las mujeres luchan, siempre terminan ganando.