En Bogotá, una ciudad que late al ritmo de sus millones de habitantes, hay un silencio que retumba más fuerte que el tráfico o el bullicio de las calles: el de la violencia intrafamiliar. Siete de cada diez víctimas de este flagelo son mujeres, según un reciente informe, y cada cifra representa una vida marcada por el miedo, la injusticia y la falta de protección.

Este dato no es nuevo ni sorpresivo, pero duele. Duele porque cada número oculta una historia de gritos que nadie escuchó, de puertas cerradas y de instituciones que llegan tarde, cuando llegan. Es el reflejo de un problema estructural que se repite a lo largo de generaciones, anclado en un sistema que ha permitido que los hogares, espacios destinados al cuidado y el amor, se conviertan en trincheras de violencia.

En 2024, Bogotá registró más de 20.000 casos de violencia intrafamiliar, de los cuales el 70 % tuvo como víctimas a mujeres. ¿Qué significa esto? Que aún en una ciudad que presume de ser vanguardista, las dinámicas de poder siguen normalizando el abuso, mientras que las víctimas enfrentan un doble castigo: el del agresor y el de una sociedad que juzga y señala.

Pero detrás de estas cifras también hay resistencia. Colectivos feministas, lideresas comunitarias y organizaciones han convertido este tema en bandera de lucha. Exigen respuestas integrales, no solo cifras y diagnósticos. Porque la violencia intrafamiliar no puede abordarse como un caso aislado; está profundamente conectada con desigualdades económicas, educación deficiente y la perpetuación de roles de género que limitan y someten.

En los barrios de Bogotá, las mujeres han tejido redes de apoyo que, muchas veces, son la única línea de defensa para quienes sufren en silencio. Pero no es suficiente. Necesitamos un Estado que garantice justicia, que haga sentir a las víctimas que no están solas y que asuma su responsabilidad de transformar esta realidad.

El silencio que rodea la violencia intrafamiliar debe ser roto. Cada cifra, cada caso, nos interpela como sociedad. Porque no es suficiente indignarnos; debemos actuar. Y no solo por las mujeres de hoy, sino por las niñas que merecen crecer en un mundo donde el hogar no sea un lugar de peligro, sino de amor y respeto.