Por Luciana Esther Restrepo Ateusta

Hace unos meses, mi hija Sara llegó a casa después de una práctica en la universidad. Venía entusiasmada. Durante casi una hora me habló de fermentaciones, ingredientes ancestrales, técnicas de conservación y de cómo un plato puede contar la historia de una comunidad. Mientras la escuchaba, pensé que, cuando yo tenía su edad, muy pocas personas habrían considerado importante aquella conversación. En el país donde crecí existía una idea bastante clara sobre cuáles eran las profesiones respetables y cuáles no. Medicina, derecho o ingeniería parecían caminos seguros; otras opciones se consideraban apuestas inciertas o simples excentricidades.

Mientras observaba a mi hija hablar con tanta pasión sobre la cocina, me sorprendí formulándome una pregunta: ¿se parece el país al que algunas personas quieren devolvernos al país donde crecí?

Tengo cincuenta y tres años. Soy médica y madre soltera. Sara tiene veinte años y estudia gastronomía. Aunque apenas nos separa una generación, entre nuestras experiencias median décadas de cambios sociales, culturales y económicos. Por eso, cuando escucho discursos que apelan a un supuesto pasado mejor, siento la necesidad de detenerme y preguntar: ¿devolvernos exactamente a qué país?

¿Al país donde las mujeres tenían menos posibilidades de decidir sobre su futuro? ¿Al país donde una madre soltera debía soportar no solo las exigencias de la crianza, sino también las miradas de quienes consideraban que había fracasado de alguna manera? ¿Al país donde ciertas profesiones eran valoradas y otras consideradas poco serias? ¿Al país donde muchas desigualdades se aceptaban como si fueran parte inevitable de la vida?

La memoria tiene una virtud extraordinaria: obliga a cuestionar las versiones simplificadas del pasado. Con frecuencia, la nostalgia selecciona los mejores recuerdos y deja en la sombra aquello que resulta incómodo. Sin embargo, quienes hemos vivido varias décadas sabemos que ningún tiempo fue tan perfecto como algunas personas intentan recordarlo.

Crecí en una Colombia donde muchas limitaciones parecían naturales porque casi nadie las discutía. Las mujeres podíamos estudiar, pero no siempre se esperaba que lideráramos. Podíamos trabajar, pero seguíamos siendo las principales responsables del cuidado de las hijas y los hijos, de las personas mayores y del hogar. Podíamos aspirar a construir una vida propia, aunque muchas veces dentro de fronteras invisibles trazadas por las expectativas sociales.

Elegí estudiar medicina porque tenía una profunda vocación de servicio, pero también porque pertenecía a una generación que comprendió que la educación era una de las herramientas más poderosas para alcanzar la independencia. Para muchas mujeres de mi época, obtener un título universitario significaba mucho más que conseguir un empleo. Representaba la posibilidad de tomar decisiones propias, construir un proyecto de vida y no depender económicamente de otras personas.

Con los años me convertí en madre soltera. Aquella experiencia me enseñó que muchas libertades reconocidas en el papel todavía encontraban obstáculos en la vida cotidiana. Aprendí a distribuir el tiempo entre jornadas laborales exigentes, responsabilidades familiares y preocupaciones económicas. Aprendí que la autonomía tiene costos, pero también que ofrece una dignidad irrenunciable.

No cuento esta historia porque me considere excepcional. Al contrario. Formo parte de una generación de mujeres que avanzó gracias a su esfuerzo, pero también gracias al trabajo frecuentemente invisibilizado de muchas otras que abrieron puertas antes que nosotras. Fueron mujeres que lucharon para que estudiar, trabajar, decidir sobre nuestras vidas y criar a nuestras hijas y nuestros hijos con independencia dejaran de ser privilegios y se convirtieran en derechos.

Por eso me preocupa cualquier discurso que idealice el pasado y presente el retroceso como una alternativa razonable. Los derechos rara vez desaparecen de manera repentina. Con frecuencia comienzan a erosionarse cuando alguien logra convencer a la sociedad de que ya no son necesarios o de que pueden sacrificarse en nombre de otros intereses.

No quiero regresar al país donde las oportunidades dependían más del género, del origen o de las expectativas sociales que del talento y el esfuerzo. No quiero volver al país donde una mujer debía agradecer libertades que en realidad le correspondían por derecho propio. No quiero regresar a un tiempo en el que demasiadas vidas parecían trazadas de antemano.

Sin embargo, tampoco creo que el presente sea perfecto.

Mi hija pertenece a una generación que disfruta libertades que la mía no tuvo. Puede estudiar gastronomía sin sentir que está desafiando una norma social. Puede construir un proyecto profesional a partir de una pasión. Puede imaginar distintos futuros para sí misma y elegir aquel que considera más significativo.

Eso representa un avance inmenso.

Las sociedades se vuelven más libres cuando amplían las posibilidades de elección de la ciudadanía. Una comunidad se enriquece cuando reconoce el valor de múltiples talentos y formas de conocimiento. Hoy, muchas personas jóvenes se forman en disciplinas que décadas atrás apenas figuraban en el imaginario colectivo: gastronomía, artes digitales, ciencias ambientales, diseño, gestión cultural o innovación tecnológica. Todas esas áreas contribuyen, desde perspectivas diferentes, al desarrollo de la sociedad.

La decisión de Sara de estudiar gastronomía tiene para mí un significado que trasciende lo profesional. La cocina habla de identidad, memoria y encuentro. Ningún plato surge de un solo ingrediente. Las recetas nacen de mezclas, influencias, migraciones y transformaciones. En ellas conviven tradiciones familiares, conocimientos heredados y experiencias compartidas.

Quizás por eso encuentro en la cocina una metáfora poderosa para pensar Colombia.

Nuestro país también es el resultado de múltiples encuentros. Somos una nación construida a partir de diversas culturas, acentos, geografías y memorias. Lo mejor de nuestra historia no ha surgido de la uniformidad, sino de la capacidad de articular diferencias sin borrarlas. Los sabores más ricos aparecen cuando los ingredientes dialogan entre sí. Lo mismo ocurre con las sociedades: son más fuertes cuando aprenden a convivir con la diversidad sin convertirla en amenaza.

Pero cada generación enfrenta desafíos distintos.

Quienes crecimos en el siglo pasado convivimos con la escasez de información; las nuevas generaciones, en cambio, viven inmersas en una abundancia casi ilimitada. Hoy es posible acceder en segundos a conocimientos que antes requerían largas búsquedas en bibliotecas o conversaciones con especialistas.

Ese cambio representa una conquista extraordinaria, pero también plantea nuevos riesgos.

La facilidad para acceder a la información no garantiza la capacidad para interpretarla. Con frecuencia confundimos popularidad con credibilidad, visibilidad con conocimiento y opinión con evidencia. Como médica, he visto las consecuencias de esa confusión. He observado cómo la desinformación puede influir en decisiones relacionadas con la salud y cómo ciertas afirmaciones carentes de fundamento circulan con más rapidez que los conocimientos respaldados por la investigación científica.

Sin embargo, los efectos más profundos no son únicamente intelectuales. También son emocionales.

Muchas personas jóvenes crecen sometidas a una comparación permanente. Las redes sociales presentan versiones cuidadosamente seleccionadas de la realidad: éxitos instantáneos, vidas perfectas, cuerpos perfectos, trayectorias impecables. Frente a esas imágenes, muchas personas experimentan la sensación de no ser suficientes, de llegar tarde o de no estar a la altura de expectativas cada vez más exigentes.

Por eso creo que uno de los grandes desafíos contemporáneos consiste en proteger la salud mental y fortalecer el pensamiento crítico. No se trata de enseñar a las nuevas generaciones qué deben pensar. Se trata de ofrecerles herramientas para que puedan analizar, cuestionar, contrastar información y formar juicios propios.

Una democracia saludable necesita una ciudadanía capaz de reflexionar, no simplemente de repetir consignas.

Tal vez por eso, cuando escucho hablar del país al que algunas personas quieren devolvernos, no pienso únicamente en el pasado. Pienso en el riesgo de renunciar a aprendizajes que costaron décadas de esfuerzo colectivo. Pienso en la posibilidad de reducir libertades, limitar oportunidades o empobrecer el debate público.

No quiero que regrese un país donde las mujeres tenían menos derechos.

No quiero que regrese un país donde las diferencias se convertían en motivo de exclusión.

No quiero que regrese un país donde solo unas pocas trayectorias eran consideradas legítimas.

No quiero que regrese un país donde el miedo tenía más fuerza que la esperanza.

Pero tampoco deseo quedarme inmóvil defendiendo el presente como si fuera suficiente.

Aspiro a un país mejor.

Un país donde el conocimiento siga teniendo valor.

Un país donde la educación forme una ciudadanía crítica y comprometida.

Un país donde las mujeres puedan desarrollar plenamente sus proyectos de vida. Un país donde las personas jóvenes encuentren oportunidades para construir su futuro.

Un país donde la diversidad sea entendida como una riqueza colectiva y no como una amenaza.

A veces observo a Sara mientras diseña una receta. La veo combinar ingredientes distintos, corregir errores, ensayar nuevas posibilidades y buscar equilibrios inesperados. Entonces comprendo que el futuro de Colombia debería parecerse más a ese ejercicio creativo que a una búsqueda obsesiva del pasado.

El futuro no se construye devolviendo los ingredientes a sus recipientes originales. Ninguna receta mejora cuando se deshace.

Ningún plato adquiere sentido separando nuevamente los sabores que el tiempo logró integrar.

Lo mismo ocurre con los países.

Las sociedades son obras colectivas. Están hechas de aciertos y fracasos, de conflictos y aprendizajes, de heridas y esperanzas. Son el resultado de generaciones enteras que ampliaron derechos, cuestionaron injusticias y abrieron caminos para quienes vendrían después.

Por eso desconfío de las promesas basadas exclusivamente en la nostalgia. La memoria es necesaria, pero no para quedarnos atrapados en ella. Su verdadero valor consiste en ayudarnos a comprender de dónde venimos para decidir con mayor lucidez hacia dónde queremos avanzar.

Como médica, he aprendido que sanar no significa volver al estado previo a la herida. Significa reconstruirse: incorporar lo vivido, aprender de la experiencia y encontrar nuevas formas de continuar. Los países también sanan de esa manera: no retrocediendo, sino transformándose; no negando sus fracturas, sino enfrentándolas con honestidad.

Por eso, cuando pienso en el país que quiero dejarle a mi hija, no imagino una nación perfecta. Imagino una sociedad capaz de aprender de sí misma. Un país donde las libertades conquistadas se amplíen en lugar de reducirse. Un país donde las nuevas generaciones tengan más oportunidades, más derechos y más herramientas para construir su propio camino.

Si algún día Sara me pregunta qué hice ante el intento de devolvernos a ese país, quisiera responderle que defendí algo más importante que una ideología o una consigna política: defendí su derecho a elegir; su derecho a imaginar un futuro propio; su derecho a equivocarse, aprender y volver a empezar; y su derecho a vivir en una Colombia más libre, más justa y más humana que la que yo heredé.

La responsabilidad de una generación no consiste en custodiar el pasado. Consiste en ampliar el futuro. Y el futuro que merecen las nuevas generaciones no es una devolución. Es una construcción permanente, una obra inconclusa: cada generación tiene el deber de entregar a la siguiente un futuro un poco más amplio, un poco más digno y un poco más libre que el que recibió.

Esa es la Colombia que deseo dejarle a mi hija.