Un reciente estudio presentado por ONU Mujeres y el Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género en Chile ha encendido el debate sobre una verdad ineludible: el cuidado sostiene al mundo, pero las mujeres pagan la factura. Este informe arroja luz sobre la carga desproporcionada de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado que enfrentan las chilenas, una realidad que se replica en toda América Latina.
El estudio revela que las mujeres dedican, en promedio, tres veces más tiempo que los hombres a estas tareas. Este dato, más que un número, es el reflejo de un sistema que descansa en la invisibilidad de estos trabajos y perpetúa desigualdades estructurales que limitan las oportunidades de millones de mujeres.
Pero este informe no se queda en la denuncia. También propone medidas concretas para avanzar hacia una economía del cuidado que reconozca, redistribuya y reduzca estas cargas. ¿Qué significa esto? Que la solución no pasa solo por repartir mejor las tareas dentro del hogar, sino también por garantizar políticas públicas como licencias parentales equitativas, acceso a servicios de cuidado infantil y sistemas de apoyo para personas mayores.
Sin embargo, este desafío requiere algo más profundo: un cambio cultural. Necesitamos replantear la idea de que cuidar es un rol exclusivamente femenino. Porque si el cuidado sostiene nuestras sociedades, es hora de que sea una responsabilidad compartida.
Chile está dando un paso importante para visibilizar esta problemática, pero la pregunta persiste: ¿cómo pasamos de los estudios a las acciones? El futuro de la igualdad de género depende de que pongamos el cuidado en el centro de nuestras agendas políticas y sociales. Porque cuidar es también una forma de construir justicia.