Mujeres, muros, candados y libertad
Por Valentina Gutiérrez
Hace diez años, le pregunté a una profesora si era posible realizar mis prácticas profesionales en el INPEC. Su respuesta fue rotunda: no, porque la universidad no tenía convenio con esa institución. Sin embargo, poco tiempo después, recibí un correo que cambió mi vida. Me informaron que había sido asignada a una práctica en el INPEC, específicamente en la reclusión de mujeres de Bogotá. Sería la primera estudiante de la universidad en estar allí, lo que implicaba una gran responsabilidad: garantizar que el convenio fuera exitoso y se mantuviera en el tiempo.
Nunca supe exactamente cómo todo se alineó para que estuviera allí en el momento justo, pero siempre he sentido una pasión por el trabajo en las cárceles. Esta pasión se intensificaba aún más cuando se trataba de una cárcel de mujeres. Desde que comencé a trabajar en ese lugar, supe que había encontrado mi propósito. Me llenaba el corazón saber que podía hacer una diferencia, aunque fuera pequeña, en la vida de alguna de esas mujeres. Vivir cada día entre sus historias me permitió ver una realidad completamente diferente, una que muchas veces está oculta a los ojos de la sociedad. La cárcel es un mundo ajeno, y a menudo, las personas tendemos a juzgar sin conocer las circunstancias detrás de cada historia. Sin embargo, para mí, nunca dejaron de ser personas, con los mismos derechos que cualquiera de nosotros, con familias que, sin duda, están pasando por momentos difíciles debido a su situación, con preocupaciones, angustias y sueños rotos.
Este entorno me inspiró aún más a trabajar por esta población, que probablemente llegó allí por la falta de oportunidades, por no haber tenido otra opción en la vida, por las falencias de una sociedad que, muchas veces, les ha dado la espalda.
La condición de las mujeres en prisión refleja, como en tantas otras esferas de la vida, una marcada desigualdad. Comparadas con los hombres, las mujeres reciben menos visitas, y muchos de sus hijos quedan institucionalizados, sin que ellas tengan acceso a información sobre su bienestar. El estigma social que enfrentan es mucho mayor y, en muchos casos, más reprochable. Esta realidad me hizo comprender lo vital que es abordar las necesidades de las mujeres privadas de libertad desde un enfoque que las respete, que las valore y que, por encima de todo, reconozca su humanidad.

