El placer como revolución del hoy
Hubo un tiempo en que mi cuerpo no era mío. No sabía lo que era el placer, solo conocía el miedo. A los siete años, mi inocencia fue arrebatada, y con ella, mi conexión con el gozo de existir. Desde entonces, mi piel dejó de ser un refugio y se convirtió en una frontera. Múltiples veces, en distintas etapas de mi vida, el abuso reafirmó esa separación, instalando en mi ser la idea de que el placer era algo ajeno, algo peligroso, algo que no me pertenecía.
Pero no era solo mi historia, era la historia de millones de mujeres. Nos separaron del placer, nos dijeron que nuestro gozo pertenecía a otros, que era una moneda de cambio por amor, aceptación o seguridad. Nos enseñaron a desconectarnos del fuego sagrado que habitaba en nuestro vientre, a temer nuestra propia luz, a minimizar nuestro deseo. Crecimos en una cultura que nos robó el derecho a sentir, a explorar, a ser dueñas de nuestra experiencia sensorial sin culpa ni vergüenza.
Pero, querida hermana, quiero decirte algo: no estás rota. Nada en ti está dañado de forma irreversible. Nos han hecho creer que el abuso nos marca para siempre, que nos deja una grieta imposible de sanar, pero no es así. Nosotras somos la medicina. Dentro de nosotras existe un poder inmenso, una luz capaz de disolver la oscuridad más profunda. No somos las cenizas de lo que nos hicieron, somos el fuego que renace de ellas.
Carl Jung habló del arquetipo de la Sombra, esa parte de nosotras que ha sido reprimida, ocultada, temida. El placer reside en la sombra de muchas mujeres, encadenado por siglos de condicionamiento. Sin embargo, Jung también nos recordó que integrar la sombra es el camino hacia la individuación, hacia la totalidad del ser. En mi camino de sanación, comprendí que abrazar mi placer era abrazarme a mí misma, devolverme las partes que me habían sido robadas.
El Tantra llegó a mí como un susurro del alma, como una puerta que se abría hacia el gozo sin miedo. Descubrí que mi energía vital es sagrada, que mi cuerpo no es una carga ni un recuerdo doloroso, sino un templo. Aprendí a respirar con intención, a mover mi energía, a sentir sin culpa. El placer ya no era una herida, era un regalo. Comprendí que no necesitaba intercambiarlo por amor ni validación. Era mío, siempre lo había sido.