Del placer de existir y el privilegio del ser
Por Paula Andrea Lara Rodríguez
La dopamina, bendito neurotransmisor que nos permite sentir al máximo, que cuando se activa se siente tan mágico como volar entre nubes…
El placer de existir, ese que tan pocos hoy en día pueden darse la oportunidad de vivir, porque justamente habitan en el bullicio que les brinda una sociedad acelerada y tóxica, porque permiten que su reloj avance a más velocidad, y es que en su imaginario creen genuinamente que llegarán más lejos.
Es que el placer puede darse como la revolución de las pequeñas cosas…
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mirando fijamente aquello que pasamos por alto, porque no nos da el tiempo, y porque perseguimos una vida utópica. Sentarse en la tarde a tomar un café viendo cómo el sol se esconde es uno de los placeres más revolucionarios que hoy en día puedo disfrutar. ¡Sí!, parar mi día, detener el reloj en ese momento preciso, cuando hago una respiración profunda y llega a mi cerebro el olor del café recolectado en la finca de mi mamá, olor a hogar… Qué privilegios tan especiales puede llegar a brindarnos la propia existencia.
Pero aún no termina, porque puedo sentarme una tarde a jugar con mis sobrinas y olvidarme de que ya pasé de los treinta, y que, por azares de la vida, me convierto en un dinosaurio, una mariposa o una odontóloga… lo que ellas quieran. Mi mente se detiene y automáticamente mi cuerpo se relaja, olvida el estrés que causó la complicación de un contrato o el lidiar con los problemas propios de ser arquitecta, que se vuelven mínimos cuando se es consciente de que todo pasa y nada es indispensable…
Qué privilegio poder existir hoy como mujer…
ser profesional y tomar las riendas de mi propia vida, porque eso sí que revoluciona a una sociedad que, aunque menos, hoy en día está acostumbrada a que nosotras no tengamos cargos de liderazgo o que alcemos la voz cuando algo está mal.
Qué curioso es decir que un acto revolucionario es poder decidir sobre mi sexualidad y hablar de lo que me gusta y lo que no me gusta en la cama, hablar abiertamente de ello y, aun así, incomodar a pensadores del siglo pasado, porque qué terrible es que una señorita hable de lo más común que existe…
Mi vida hoy puede resumirse en una constante búsqueda por darle placer tanto a mi mente como a mi cuerpo, y reconocer profundamente que el sólo hecho de existir es un acto revolucionario en sí. Y es que, gracias a mi red de apoyo, mi mente se expande y mi alma ha podido conectar con su esencia. Y entonces sí, el placer revoluciona mentes acartonadas y corazones apagados.