Danzando con la vida
Por July Vega Padua
Hoy vengo a abrirme desde lo más profundo de mi corazón. Realmente no sabía cómo iniciar este relato, porque a conciencia sé que no soy la única mujer que ha pasado quizás por esto; hablo de esas inseguridades y dudas que todas enfrentamos frente a nuestros cuerpos, esas heridas que nos llevan a veces al límite, que se convierten en cargas internas que nos acompañan por años. Si quizás te sentiste como yo, te abrazo con todo el corazón.
No vengo a contarte lo triste que fue, ni tampoco todo el daño que me hicieron, ni las veces que dejé de disfrutar la comida solo por complacer los absurdos y banales comentarios de personas que quizás tampoco tenían una buena relación consigo mismas.
Quiero contarte cómo la danza me transformó, no solo como ser humano, sino también esa relación insana que tuve con mi cuerpo por mucho tiempo. Hace unos años, salí con mi familia a almorzar y, pasando cerca de un restaurante, vi una academia de danza. Esta, en específico, era danza árabe. En ese entonces, había perdido algo de peso y supuse que tenía “el cuerpo perfecto para esta danza”.
A la semana siguiente
inicié mis clases y, cuando pensé que todo iba a ser perfecto, mis inseguridades del pasado me abrazaron con tal fuerza que los movimientos de mi cuerpo se vieron frustrados en esa clase. Entendí en ese momento que el recorrido sería largo.
Fue entonces, durante ese año, que la vida dio un giro de 360 grados. Inicié un profesorado y, vaya… todo a partir de ese momento cambió. Mi maestra, una mujer llena de luz y amor por su profesión, me llevó a comprender que no hay cuerpo perfecto, que todas podemos, que no hay cuerpo perfecto para… y que el maquillaje va mucho más allá de la estética; es también una marca personal y una forma, a través de un alter ego, de exteriorizar cosas que quizás nunca sacamos si no es a través del baile.
Por eso, querida amiga, NUNCA ESPERES EL MOMENTO PERFECTO; transfórmate tú YA. La vida solo está en el ahora y, aunque aún atravieso muchos temores, debo confesar que hasta hace apenas unos meses logré interiorizar en mí ese discurso de amor propio y de habitarme sin necesidad de juzgarme ni de sobre esforzar mi cuerpo con miles de rutinas y ejercicios.
Hoy, mi dolor es mucho más placentero, porque disfruto lo que la danza hace conmigo, lo que transmite y lo que me permite expresar a través de la misma… y sí, aún me falta disciplina para hacerlo mejor, porque al final se convierte en una pasión, hace parte de una conexión inexplicable que solo se puede transmitir en el escenario.
Aquí también destaco a otros seres maravillosos del escenario y amigas de corazón, que, como yo, han tenido que pasar por estas crisis internas de cómo se sienten consigo mismas. GRACIAS, lo que hacen en el escenario y en la vida es brutal; para las amigas, todo el amor del planeta.
Esto también me ha abierto otras puertas, como ser profesora de otras mujeres adultas mayores y ellas, que, como yo, han crecido no solo en su danza, sino también en su ser y me lo manifiestan de manera recurrente. El impacto en la vida de ellas se refleja en la edificación de su autoestima y autoconcepto, porque, aun cuando envejecemos, la sociedad es cruel.
Así que, querida amiga que estás leyendo, cierra ese mal comentario y no permitas que el reflejo de otros se convierta en una inseguridad para ti. Danza la vida al ritmo que tú quieras y con la canción que más te guste; evalúa tu diálogo interno, porque esa, querida amiga, es la opinión más importante de la vida.