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Desde las entrañas: manifiesto ante la desesperanza

por Yissel Catherine Hernández Pérez | Ago 11, 2026 | Insurrecta | 0 Comentarios

En los últimos meses se ha vuelto aún más visible un discurso peligroso y aparentemente inofensivo: aquel que idealiza lo que supuestamente fue y añora su regreso. Es la nostalgia de una sociedad conservadora y patriarcal que exige respetar las leyes e ir de la mano de la ética, la moral y los principios de una época en la que no todas las personas tenían cabida. No es que este discurso no existiera o hubiera desaparecido, sino que aún no encontraba una figura pública que encarnara aquello que quienes miraban y participaban venían reprimiendo: un demagogo que lo gritara como quien defiende a un equipo de fútbol frente a su rival.

Estamos ante un momento histórico en el que la disciplina sobre los cuerpos, las vidas y las ideas pasa de las conversaciones informales a las propuestas legislativas. La penalización del aborto, la instrumentalización de la maternidad como respuesta a una supuesta necesidad demográfica y la imposición de un ideal estético sobre lo que representa a una mujer colombiana comienzan a tener consecuencias en una sociedad educada en la ausencia de pensamiento crítico, el resentimiento ante lo diferente y la obediencia a la norma impuesta; todo ello, disfrazado de patriotismo y estatus social. Entonces, ¿qué pasa con las mujeres que no encajan en el molde promovido? El silencio y la obediencia no constituyen una opción. Hay que resistir el regreso al país al que nos quieren devolver —o a cualquier otro país que pretendan construir— bajo las premisas del autoritarismo y del patriarcado.

¿Por qué persiste la disputa por los cuerpos de las mujeres? Empecemos por la idea de una habitación propia o, al menos, por aquello que debería pertenecernos por entero: el cuerpo que habitamos. El retroceso que se pretende imponer sobre la autonomía corporal mediante la criminalización del aborto puede parecer absurdo si se considera que, en Colombia, la Corte Constitucional, mediante la Sentencia C-055 de 2022, condicionó el artículo 122 del Código Penal: la conducta solo es punible después de la semana 24 de gestación, sin que ese límite se aplique a las tres causales reconocidas desde la Sentencia C-355 de 2006. Cuatro años después, congresistas vinculados a Salvación Nacional, al Partido Conservador y al Centro Democrático han impulsado iniciativas para reconocer la protección de la vida desde la fecundación y restringir el acceso al aborto. Aunque se trata de iniciativas pendientes y no de la ley vigente, es la punta del iceberg de un proceso de control y despojo de la capacidad de las mujeres, las niñas y las personas gestantes para decidir sobre sus propios cuerpos; es decir, de derechos conquistados que hoy se pretende arrebatar.

Se suma el discurso político sobre la «crisis demográfica», que atribuye a la baja natalidad el origen del problema y redefine los cuerpos capaces de gestar como instrumentos reproductivos al servicio de la nación; cada nuevo ser, incluso antes de nacer, es etiquetado como salvador y cifra de una nación. Así, se despoja a la maternidad de la posibilidad de ser elegida libremente y se la convierte en un deber biológico y mercantil a merced de los intereses del gobierno de turno o, peor aún, de proyectos fascistas que resurgen cada vez que encuentran una oportunidad.

Sin embargo, el control sobre los cuerpos de las mujeres no se limita a su instrumentalización biológica. También opera una presión social sigilosa, a veces imperceptible, sobre la apariencia y la obligación de complacer; esa presión busca la subordinación enmascarada como elección propia y empoderamiento. Las redes sociales se convierten así en un medio masivo y eficaz para reproducirla. Tendencias como el clean look y la figura de la tradwife pueden generar debate e incluso ironía, pero no dejan de funcionar como vehículos de propaganda cultural y publicidad encubierta. Algunas mujeres reproducen esos discursos, muchas veces bajo presiones algorítmicas y de pertenencia, hasta que la identidad parece reducirse a un patrón replicable para obtener aceptación social.

Si estas palabras aún no resultan convincentes, invito a analizar el contenido difundido por quien, a partir del 7 de agosto de 2026, será presentada como «primera dama» de Colombia; expresión que, por cierto, contiene una carga semiótica directa y cuestionable.

«El concepto de “tigresa” representa a la mujer que cuida, protege y defiende su territorio cuando la familia se ve amenazada. Mujeres con carácter, dignidad y determinación, que comprenden que la defensa de la familia no es un asunto privado, sino un acto de responsabilidad social y nacional» (Defensores de la Patria, 2026, párr. 5).

¿De qué amenaza se habla? ¿Frente a qué o a quién hay que defender a la familia? ¿A qué familia se hace referencia? ¿En qué momento deja de ser un asunto privado y pasa a ser estatal? ¿Por qué y de qué manera debe recaer en las mujeres la garantía de esa defensa? El texto parece convocar a mujeres con poder de acción y, como se afirma en la página web, con «dignidad»; sin embargo, sus implicaciones discursivas pueden ser peligrosas e intimidantes. Deja, además, más interrogantes que respuestas sobre quienes —como se indicó al inicio de este escrito— no se ajustan al molde, no pretenden ser adorno ni, mucho menos, tendencia.

Cuando una mujer decide asumir un papel social, político e intelectual distinto del que se le asigna y ejercer su poder, se la cuestiona y estigmatiza; se intenta reducirla y convertirla en objeto de burla. Francia Márquez, vicepresidenta de Colombia en el gobierno de Gustavo Petro, y Aída Quilcué, quien fue candidata a la Vicepresidencia como fórmula de Iván Cepeda en las elecciones de 2026, han sido señaladas y atacadas mediante comentarios cargados de violencia de género, clasismo y racismo colonial. Esos ataques intentan invisibilizar sus luchas populares, sus logros como lideresas sociales y la solidez de sus propuestas políticas. Eso les ocurre a las mujeres que no se ajustan al molde: los discursos dominantes deslegitiman sus trayectorias e intentan despojarlas de la habitación que han construido, de su ser, sus conocimientos, su origen y sus cuerpos.

El país al que nos quieren devolver se teje con un hilo que une retazos de situaciones, ideas, acciones y políticas que siempre han existido: control sobre los cuerpos a través de la maternidad, imposición de cánones de belleza y asignación a las mujeres de un papel pasivo, bajo el cual solo se las escucha cuando defienden el modelo de familia aceptado por el patriarcado. Pero si el poder dispone de ese hilo para unir los retazos, nosotras también podemos romperlo y crear otros tejidos. Son tiempos de rabia, tristeza, indignación y lágrimas, pero también de abrazar, soñar, sonreír y conspirar mientras caminamos con convicciones claras y justas. ¿Qué tan subversiva se puede ser en un mundo, en un país, donde cuestionar, amar y alzar la voz es ser guerrillera, y ser guerrillera es sinónimo de enemiga? En este mundo que se construye y deconstruye todos los días, junto a las abuelas, tías, madres, hijas, hermanas, vecinas y amigas, ¡hay que ser subversivas!

Referencias

Cámara de Representantes de Colombia. (2026). Proyecto de Ley 053 de 2026 Cámara: Protección de la vida desde la fecundación. Consulta oficial.

Corte Constitucional de Colombia. (2022). Sentencia C-055 de 2022. Consulta oficial. Defensores de la Patria. (2026, 28 de enero). En Barranquilla se consolida una fuerza femenina nacional: mujeres lanzan «Las Tigresas de la Patria».

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