Por Lina Rodríguez
He sentido una nostalgia a medias por lo que me rodea: el viento se siente extraño; el ánimo de quienes me rodean ha cambiado; y mi pueblo, que tanto he recorrido y admirado, se percibe ajeno, fuera de sí. Es como si, de un momento a otro, fuera y no fuera mi lugar seguro; como si las plantas, los animales y las personas entendieran que algo sucede. Tal vez sea algo malo, enquistado en algunas personas, que busca emerger de la manera más atroz: algo que no ha sido escuchado ni considerado «importante» y que encuentra en la violencia su único vehículo para existir o expresarse.
Había pensado que el mundo era maravilloso; que las personas trabajábamos por el bienestar común; que la vida seguía un curso natural orientado al bien y a nuestra conexión con el mundo, la naturaleza, cuanto nos rodea, quienes viven de manera diferente, la diversidad y la vida misma. También había pensado que nos interesaba más estar cerca de los demás seres y paisajes de este mundo: los copetones, el oso de anteojos, los páramos, los glaciares, la playa y el mar, además de las maravillas, colores y sabores del mundo. Todo ello puede marearnos porque no sabemos explicar su belleza: no requiere palabras, sino contemplación.
Hoy, por ejemplo, han surgido en mí referencias a historias conocidas. Pienso en la eterna lucha de un personaje animado contra la figura del mal: a causa de lo vivido, terminan siendo casi los únicos que se entienden entre sí, aunque sostengan perspectivas diferentes. Al mismo tiempo, siguen conviviendo, cada cual con su propio enfoque sobre el manejo del poder y el control. Por otro lado, un libro me decía que, si solo nos centramos en lo malo que sucede en el mundo, también debemos mirar lo bueno; de lo contrario, terminaremos concentrándonos y viviendo en la oscuridad, el dolor y el sufrimiento, hasta destruirnos.

Por eso, no puedo negarlo: tengo miedo. Entre quienes me rodean, parezco ser la única a quien esto afecta. Hay algo en el ambiente; el mundo se siente más pesado, más doloroso. Los hechos se superponen de manera tan abrumadora y continua que estoy asustada: me asusta que esto esté sucediendo, saber que la situación continuará y no hacer cuanto está en mis manos para detenerlo.
Pero ¿qué está en mis manos? Amar a mi familia, ser cordial con mis vecinos, intentar liberar esta tensión y cumplir con mis responsabilidades de adulta funcional, mientras los cerros se queman, se lucha por el agua en Santander y nos profesamos un odio infundado. Actuamos como si un gobernante fuera a salvarnos cual mesías y el otro hubiera sido un demonio. Sin intentar mirar los hechos con objetividad, nos dejamos llevar por un miedo sin argumentos, como si insultáramos el órgano que potencia nuestro atractivo: el cerebro.
Llorar se ha vuelto una moda. Estamos sin guía, sin comunidad y sin saber cómo procesar el duelo; a la vez, se nos exige estar bien, seguir con la vida y no preocuparnos, aunque todo siga ocurriendo.
Quiero decir que avanzo despacio, pero lo único que puedo demostrar es que no me rindo ante la vida. Aun así, reconozcámoslo: hay algo en ella que la hace maravillosa. Si la aprovechamos de verdad, descubrimos sus maravillas. Sin embargo, en menos de una semana hay quienes buscan acabar con todo porque, para algunas personas, la vida en esta hermosa tierra resulta inconcebible.
Quisiera decir que estaría contenta si la humanidad desapareciera o si, en vez de ocuparlo todo, cediéramos el control y permitiéramos que prosperaran otros seres y sistemas vivos: animales, bosques, ecosistemas, humedales e insectos. Deseo que crezca la venganza de la Madre Tierra (quizás ya esté ocurriendo, con episodios intensos de El Niño y fenómenos extremos cada vez más frecuentes) para que aprendamos y comprendamos que no somos una especie todopoderosa ni dueña del lugar: solo estamos de paso. Sin embargo, prefiero creer que podemos contribuir más de lo que destruimos y que tenemos el potencial de mejorar y dar lo mejor.
Por eso, me parece justo decir que no todo debería ser objeto de debate: la vida, los derechos y la diversidad no deberían ponerse en tela de juicio cada vez que llegan al poder personas que cuestionan esos principios y desean lastimar a otras mediante el control que ejercen. No son posibles los acuerdos ni los puntos medios si una parte está cegada por sus propios intereses, la desidia, la violencia y la pretensión de superioridad moral. Esa lógica nos enseñó a creer que valemos más cuando estamos por encima de otras personas. ¿Acaso queremos violencia, dolor y muerte con tal de saciar nuestra necesidad de una falsa seguridad, solo para terminar en el vacío y la soberbia? La vida es riesgo, diversión, descanso y conexión con nuestro interior y con cuanto nos rodea. Entonces, ¿por qué le negamos a nuestro cuerpo lo que más necesita?
Y, mientras tanto, mueren mujeres, personas defensoras de comunidades, autoridades, personas cuidadoras del ambiente, lideresas y líderes sociales. Nadie quiere tener esa conversación, pero yo sí, porque surge en mí esta pregunta: «Colombia, ¿por qué te odias tanto?» ¿Qué necesitas para brillar, para reconocerte capaz de todo y más, para vivir tu mejor momento? Contra todo pronóstico, no quiero terminar así: escribiendo estas palabras.

Con el corazón lleno de tristeza, deposito mi esperanza en abrir espacio a quienes el proceso invisibilizará: los colectivos, las comunidades y las mujeres que me sostienen y sostienen nuestra existencia a pesar de todo. También confío en las conversaciones incómodas que nos hacen crecer, en afrontar de la mejor manera la nueva realidad y en crear nuestra propia historia, con errores, limitaciones e intereses encontrados, pero con el propósito de darnos un lugar poderoso en este mundo. Quiero proteger lo que tenemos: las relaciones, los espacios, los lugares, el arte y la cultura. No quiero dejar atrás a quienes lucharon antes que yo, con las uñas, hasta el final. Sí creo que estaremos bien.