Quitemos el ruido y quedémonos con los números. El 20 de julio, en la instalación del nuevo Congreso, Honorio Henríquez, del Centro Democrático, fue elegido presidente del Senado con 56 votos, contra 45 de Alfredo Deluque, del Partido de la U. Deluque tenía algo que Henríquez no tenía: el respaldo público del presidente electo, Abelardo De La Espriella. Y aun así perdió, porque la bancada del Pacto Histórico —el partido de Gustavo Petro, adversario declarado del uribismo durante cuatro años— votó en bloque por el candidato del Centro Democrático. No hubo error de cálculo ni traición emocional. Hubo, simplemente, dos maquinarias políticas leyendo el tablero y llegando a la misma conclusión: bloquear al tercero les convenía más que mantener el guion de la confrontación.
Esto es lo primero que hay que aceptar para entender el Congreso colombiano, y en general cualquier corporación pública con poder: las etiquetas de izquierda y derecha describen discursos de campaña, no necesariamente el comportamiento legislativo. Un partido no es una convicción fija que vota siempre igual; es una organización que administra incentivos —curules, comisiones, presupuesto, cuotas burocráticas, visibilidad— y que se mueve según cuál jugada maximiza esos incentivos en cada momento concreto. La instalación del Congreso, con la elección de las mesas directivas, es precisamente el momento del año en que esa lógica queda más expuesta, porque no hay ni siquiera el disfraz de un debate de fondo: es una repartición de poder institucional, punto.
Miremos los incentivos de cada actor por separado, sin atribuirles ni heroísmo ni villanía. El Centro Democrático tiene diecisiete curules, el doble que las ocho del Partido de la U, y su cálculo fue puramente aritmético: si es la colectividad más grande dentro de la coalición de gobierno, la presidencia del Senado le pertenece por peso propio, sin importar a quién prefiera personalmente el presidente electo. Ceder esa presidencia a un partido más pequeño habría sido, para el uribismo, una señal de debilidad interna que no estaba dispuesto a dar en su primer round frente al nuevo gobierno. El hecho de que Deluque fuera amigo cercano de De La Espriella desde la universidad, con vínculos previos de asesoría en su círculo, no hizo más que confirmarle al Centro Democrático que estaba siendo tratado como una ficha secundaria en un tablero ajeno.
El Pacto Histórico, por su parte, no tenía absolutamente nada que ganar apoyando a Deluque. Su bancada sale del gobierno el 7 de agosto y entra a la oposición; su interés inmediato ya no es construirle gobernabilidad a nadie, sino asegurarse de que quien llegue al poder no arranque con el control total de las instituciones. Votar por Henríquez no le costó una sola convicción: no implicó apoyar el proyecto ideológico del Centro Democrático, sino usarlo como instrumento para debilitar a un adversario más inmediato y peligroso para sus intereses de corto plazo, que es el gobierno entrante. El petrismo no se volvió uribista esa noche; simplemente identificó, con frialdad, cuál de los dos posibles resultados le hacía menos daño.
Esta clase de maniobra —bloques ideológicamente irreconciliables que se alinean por un cálculo puntual y se separan al día siguiente— no es una rareza colombiana ni una novedad de este Congreso. En distintas escalas y con matices propios, aparece en el cordón sanitario que armaron la izquierda y el centro de Macron en Francia para frenar a la extrema derecha en 2024, en el llamado centrão brasileño, ese bloque sin ideología fija que negocia apoyo legislativo partido por partido y gobierno por gobierno, y en los pactos territoriales españoles donde formaciones de distinto signo se alían según conveniencia regional más que por afinidad de bloque. El patrón se repite porque responde a una regla estructural de la política de asambleas: cuando el sistema obliga a fabricar mayorías, la ideología es negociable y el interés no.
Lo que distingue al episodio colombiano es lo desnudo del cálculo: aquí nadie se molestó demasiado en construir una narrativa de principios que sobreviviera al día siguiente. El petrismo habló de no avalar posturas autoritarias, pero el resultado práctico fue entregarle la presidencia del Senado al sector que ha señalado durante años como la máxima expresión de esas posturas. El uribismo habló de representación proporcional, pero terminó gobernando esa presidencia gracias a los votos del bloque que más ha combatido. Ninguno necesitaba que el argumento fuera consistente; solo necesitaba que el resultado fuera favorable. Eso es, en esencia, cómo funciona el poder legislativo cuando nadie tiene mayoría propia: no se vota por quién se parece más a uno, se vota por quién le hace menos daño a los intereses de uno.
Conviene además no confundir esta lógica transaccional con un simple accidente de una noche. La elección de mesas directivas ha sido, históricamente, el termómetro más fiable de hacia dónde soplan los vientos reales de un Congreso, precisamente porque es la votación menos ideológica y más honesta que existe en el calendario legislativo: nadie está defendiendo una reforma tributaria ni un proyecto de ley polémico frente a las cámaras, solo está repartiendo poder interno. Y cuando en ese terreno, el más despojado de discurso, dos bloques opuestos terminan votando juntos, lo que se está viendo no es una anomalía sino la fotografía más nítida posible del verdadero mapa de fuerzas: uno donde la aritmética manda sobre la retórica, y donde cada colectividad calcula, casi en tiempo real, cuál es la jugada que más protege su propio margen de maniobra frente a lo que viene.
El costo de esta lógica lo va a pagar, primero que nadie, el propio De La Espriella. Llega a la Presidencia el 7 de agosto sin control de la mesa directiva del Senado, el espacio que fija agenda, prioriza debates y decide qué proyectos avanzan y cuáles se quedan en un cajón. Y el Centro Democrático, que se declaró partido de gobierno, queda ahora en la posición incómoda de sostener una presidencia que debe buena parte de su triunfo a los votos de la oposición que ese mismo gobierno tendrá que enfrentar. Nada de esto es traición ni es coherencia: es simplemente el funcionamiento ordinario de un Congreso donde las alianzas dependen del problema del día, no de la identidad de quien las firma. El aliado de hoy será, con toda probabilidad, el obstáculo de mañana, y viceversa. Esa inestabilidad calculada, más que cualquier discurso de campaña, es la verdadera regla del juego que acaba de instalarse en el Capitolio.