Cuando se enfrenta a una derrota, muy seguramente las primeras emociones que salen a flote son la vergüenza, la rabia y la frustración, lo primero que hay que hacer con todo eso no es suprimirlo ni convertirlo en victimismo: es transitarlo. No podemos comparar unas elecciones presidenciales con un juego, las similitudes son bastantes, un lado esta celebrando mientras el otro esta resignado a soportarlo, pero honestamente, la resignación es lo ultimo a lo que debemos ceder, por el contrario, es la reflexión a lo que debemos darle paso.

12.7 Millones de colombianos creyeron, se unieron, trabajaron sin intereses, en pocas palabras, se hizo hasta lo imposible para superar los números en la segunda vuelta, pero el dicho es claro “El camino al infierno esta empedrado de buenas intenciones”, porque los buenos deseos, no garantizan resultados positivos. Debemos ser claros y aceptar que la izquierda y el progresismo colombiano no supieron leer el momento con suficiente sabiduría.

No hablarle al electorado indeciso con claridad, no hablarle al electorado de Abelardo con tolerancia y con la comprensión que todos merecemos y exigimos, fue nuestro gran error. Nos convencimos de que la convicción era suficiente, y olvidamos que la convicción sin puentes no construye mayorías, eso hay que decirlo sin rodeos. Ahora debemos tener la humildad para aceptar que nos equivocamos y la sabiduría para no caer en la locura, porque hoy más que nunca, se requiere de paciencia y amor, y no solo eso, debemos construir nuevos caminos de dialogo y de oportunidad para el entendimiento, así eso conlleve a despojarnos de nuestras creencias, sean cual sean.

Con unas cuantas lágrimas en los ojos y con un vació en el pecho, solo nos queda ACEPTAR la realidad tal cual es, si nos cegamos o nos cerramos, difícilmente vamos a salir de eso, La neurociencia lo confirma y la experiencia humana lo sabe desde siempre que, las derrotas bien procesadas generan más aprendizaje que las victorias, porque obligan al cerebro a hacer las preguntas que la celebración no deja espacio para hacerse. ¿Qué salió mal?, ¿cuándo?, ¿por qué? No como ejercicio de autoflagelación, sino como punto de partida honesto.

Si, todavía falta el escrutinio, y si el resultado ya no se puede cambiar, lo que sí persiste es la capacidad de influir en lo que se viene, con mayor participación local, Involucrarse en la creación de organizaciones sociales, comunitarias o gremiales, incidir en política pública desde otros espacios, mantenerse informado y activo como ciudadano durante el período de gobierno y sobre todo debemos comprender de verdad las motivaciones de quienes votaron distinto, no para darles la razón en todo, sino para dejar de tratarlos como un enigma o como un error, porque mientras sigamos mirando al votante de Abelardo como alguien a quien hay que corregir en lugar de alguien a quien hay que entender, seguiremos perdiendo la conversación antes de que empiece.

La derrota por si misma, no invalida lo que se pretendía construir, las causas por las cuales nos movilizamos, justicia social, paz, equidad, cuidado del medio ambiente, seguridad, entre tantas, siguen siendo causas reales que no se perdieron en la segunda vuelta y estas deberán seguir siendo el motor para redirigir nuestras emociones.

Entonces, respondiendo a la pregunta ¿Qué queda después de la derrota? En primer lugar, transitar todas las emociones generadas para posteriormente aceptar la derrota, esto es un factor clave que visto desde la psicología es un nuevo el punto de partida. En segundo lugar, continuar, pero no es seguir por seguir, es repasar los pasos dados para reconocer el error y enmendarlo, entendiendo que rendirse no es el camino y que seguramente nos tocará trabajar con más tenacidad, con más amor y con más inteligencia. 

El camino no es endurecer el corazón ni apagar la esperanza, es aprender a sostener la convicción sin depositarla entera en un resultado electoral, porque ningún resultado, ni la victoria ni la derrota, es el final de la historia. Los 12.7 millones que votaron siguen siendo 12.7 millones de ciudadanos activos al día siguiente de la derrota, eso, en cualquier democracia, es una fuerza real y la convicción no tiene fecha de vencimiento.