Cepeda reconoce el patriarcado en las instituciones, mientras de la espriella lo demuestra en vivo

Escribo esta columna desde una posición que no voy a esconder, y no porque eso invalide el análisis, sino porque creo que la honestidad sobre el lugar desde donde uno habla es, precisamente, una forma de rigor.

Lo que sigue no es propaganda. Es una lectura de dos programas, dos candidatos y una contradicción que varios millones de colombianas eligieron no ver el 31 de mayo. Asumiendo que esos votos son reales

El pasado 11 de mayo en el programa digital Piso 8, Abelardo de la Espriella mostró en su celular una fotografía suya, hizo referencias sexistas sobre el tamaño de su pene ante las cámaras, y le pidió a Laura Rodríguez – la única mujer en la mesa de entrevista- indicándole que hiciera zoom en la zona de sus pantalones. «¿Qué ves aquí, cariño? Ven, acércalo, hazle zoom», dijo entre risas. Recientemente un juzgado le ordeno retractarse, De la Espriella se disculpó con la fórmula clásica del machismo que no se reconoce a sí mismo: «Un caballero tiene la obligación moral de ofrecer disculpas». No dijo que estuvo mal. Dijo que, como caballero, cedía ante la incomodidad ajena.

El 30 de mayo el mismo candidato apareció en una transmisión en vivo con el streamer Westcol ante más de 250.000 espectadores. En un momento de la grabación, un grupo de jóvenes entró al estudio. Entre ellas estaba la hija del candidato. De la Espriella las animó a bailar frente a la cámara, frente al streamer adulto, frente a un cuarto de millón de personas, presentando a una niña de 14 años ante un hombre adulto e insistirle que baile para él, como si fuera una muñeca destinada al entretenimiento, a la cosificación. Ese mismo hombre prometió en su cierre de campaña en Bogotá: «Nunca le he fallado a una mujer. A ustedes las voy a proteger». Y varios millones de colombianas le creyeron.

Por eso, es valido cuestionarse y reflexionar el porque una parte significativa de las mujeres colombianas votó por Abelardo de la Espriella, no por ignorancia y con plena conciencia. Muchas de ellas, estoy segura, han sido acosadas en su trabajo, han tenido que aguantar comentarios sobre su cuerpo, han sentido la incomodidad de estar solas en una reunión de hombres y que alguien haga exactamente lo que De la Espriella le hizo a Laura Rodríguez, reducirlas a un objeto sexual.

Y aun así votaron por él.

Votar por un candidato que normaliza el acoso no es un acto neutral. Es una decisión que tiene consecuencias directas sobre la vida de todas las mujeres, incluyendo la propia. El acoso que sufriste en tu trabajo, el piropo que te incomodó en la calle, el jefe que hizo un chiste sobre tu cuerpo y nadie lo paró: todo eso es posible porque hay una cultura que lo permite, que lo celebra, que elige líderes que lo practican en vivo y en directo y lo llaman humor.

No es posible votar por quien normaliza el acoso y luego indignarse cuando te acosan a ti. No es posible aplaudir al candidato que reduce la inteligencia de las mujeres al tamaño del pene de un hombre y luego quejarse de que no te toman en serio. No es posible defender a quien presenta a su hija menor como entretenimiento para un streamer y luego preocuparte de que el mundo digital sea un lugar seguro.

Todo está conectado, directa y proporcionalmente.

Es entendible que siga existiendo miedo a un gobierno de izquierda, pero no es razón para normalizar lo que De la Espriella hizo, eso no lo convierte en inofensivo. Lo convierte en política.

El programa «País Milagro» de Abelardo de la Espriella contempla para las mujeres tres tipos de medidas: rutas judiciales aceleradas de hasta 72 horas para casos de violencia, capacitación de 200.000 cuidadoras y 150.000 mujeres en economía digital, y programas de autonomía económica para madres cabeza de familia. Ninguna de estas propuestas es absurda en sí misma. El problema es que todas tratan a la mujer como receptora de servicios y no como sujeto político.

En el programa de De la Espriella no aparece el concepto de violencia simbólica. No hay análisis de las causas culturales e institucionales que reproducen la desigualdad. Para él, el problema de las mujeres es un problema de servicios insuficientes. La solución lógica, dentro de esa lectura, es darles más rutas, más capacitaciones, más programas. No cambiar el sistema. Porque genuinamente no cree que haya un sistema que cambiar. Y esa convicción de que la desigualdad es un accidente y no una estructura, es exactamente lo que le permite hacer lo que hizo en Piso 8 y con Westcol sin ver ningún problema en ello.

Y al otro lado casi al extremo, está el programa de gobierno de Iván Cepeda y hace algo que ningún candidato presidencial colombiano había hecho con esta claridad en un programa oficial: nombra al patriarcado como sistema de dominación histórico y vigente, lo identifica en las instituciones del Estado, y lo declara prioridad de erradicación del gobierno. No como un problema de algunos hombres, sino como un sistema.

Si la violencia contra las mujeres es producto de hombres violentos, la solución es castigar a esos hombres. Si la violencia contra las mujeres es producto de un sistema que permea instituciones, cultura y economía, la solución requiere transformar ese sistema. Cepeda elige lo segundo, y eso cambia radicalmente las propuestas: violencia simbólica como categoría política, paridad en listas y en el poder constituyente, perspectiva de género en la Revolución Agraria y el salario vital.

El programa también cita datos que otros candidatos prefieren no mencionar: en 2025, más de 41.000 mujeres fueron víctimas de violencia intrafamiliar, 114 cada día. Cerca de 17.000 reportaron violencia sexual, 47 cada día. 621 murieron por feminicidio. Son números que hablan por sí solos, y Cepeda los usa no para producir indignación pasajera sino para sostener que la lucha contra esa violencia debe ser prioridad de Estado, con presupuesto real y apoyo a las organizaciones que llevan décadas trabajando en esto cuando los gobiernos no lo hacían.

La diferencia entre los dos candidatos sigue siendo de fondo, no de forma. De la Espriella no tiene vacíos sobre el patriarcado porque sencillamente no lo considera un problema. Para él, las mujeres son madres, cuidadoras y emprendedoras que necesitan más servicios y más protección masculina. Para Cepeda, son sujetos políticos que necesitan un Estado que desmonte el sistema que las oprime.

Para las mujeres que en segunda vuelta todavía dudan, la pregunta no es si Cepeda es perfecto. No lo es. La pregunta es qué tipo de país están eligiendo normalizar. Un país donde un candidato a presidente puede acosar a una mujer en vivo, donde la inteligencia de las mujeres se reduce, con risas, al tamaño del pene de un hombre. O un país donde, el gobierno se atreve a reconocer al patriarcado y a decidir erradicarlo.

No te pido que votes con entusiasmo. Te pido que votes con los ojos abiertos. Y que, cuando hagas zoom, mires lo que de verdad está ahí.

* Las propuestas de Iván Cepeda citadas corresponden al Capítulo 46 del programa de gobierno «El Poder de la Verdad», Movimiento Pacto Histórico (2026). Las de Abelardo de la Espriella corresponden al programa «País Milagro» y declaraciones dadas al El Espectador, Semana, Bloomberg Línea, Canal 1 e Infobae Colombia. El episodio con la periodista Laura Rodríguez fue documentado por fallo judicial del 2 de junio de 2026 (EFE, Swiss Info, Cambio Colombia). El episodio con su hija y Westcol fue reportado por Publimetro Colombia, Nueva Mujer e Infobae Colombia.