Café y Confidencias: Relatos de Nuestras Guerreras

Escrito por Nicole Dayanne Anzola Virgüez y Laura Valentina Cogua González

octubre 2, 2024

Nicole Dayanne Anzola Virgüez, primer relato inspirado en su abuela.

Laura Valentina Cogua González, segundo relato.

Escribir estas historias para nosotras no fue sencillo, ni tampoco lo fue contarlas cuando el café ya se había enfriado. Sin embargo, creemos profundamente en lo liberador que puede ser tanto la lectura como la escritura. Por eso, hemos decidido compartir, a través de estas palabras, relatos íntimos que sabemos que muchas de ustedes también llevan dentro y que merecen ser resaltados. Son historias de mujeres valientes que nos salvaron.

Estas son mis palabras, las palabras de una nieta que creció al son del vallenato que ella canta; que creció con el cabello trenzado por ella; las palabras de una nieta acostumbrada a su sazón inigualable y a su trabajar incansablemente; las palabras de una nieta que decide, a través de ellas, contar la forma en que, tras 24 años, cree haber descubierto todo lo que hay detrás de una mamá y de una abuela que es tremendamente amorosa, resiliente y valiente. Son mis ojos, viéndola a ella. Y son mis palabras, describiendo tal realidad.

La vergüenza fue, tal vez, uno de los sentimientos más frecuentes en mi adolescencia. Lo descubrí cuando vi la portada del libro “La vergüenza” de Annie Ernaux: Una niña bajo una mesa. Confirmé la razón de esta vergüenza cuando leí el libro y me encontré en la penosa situación de usar un resaltador para subrayar la frase que describió a la perfección mi sentir: “Durante el último curso de primaria, la

desigualdad a la que soy más sensible es, probablemente, la de los cuerpos”. La mesa que protege a la niña de la portada, fueron las múltiples prendas y estrategias que usé en mi adolescencia para cubrir todo aquello que me generaba vergüenza de mi cuerpo. Sin embargo, hoy puedo decir que esta no era mi única vergüenza. Tuve y tal vez aún tengo, una que ha perdurado más en el tiempo: la vergüenza de mi casa.

Crecí en un barrio popular, de esos dónde el transporte público es, si no escaso, por lo menos muy caótico, y crecí en una casa invadida por otras 3 o 4 veces más grandes, 3 o 4 veces más lindas, 3 o 4 veces más “decentes”. Ante esto, lo único que tenía por decir era que tal vez éramos pobres y nuestros vecinos ricos, o al menos ese creía que era el mensaje que mi casa, de un piso, sin color, sin forma, y cada vez más deteriorada, estaba enviando.

Pero hoy puedo decir más cosas. Hoy puedo decir que esa mamá, antes de serlo, sintió el abandono como quien siente hambre y sintió el dolor como quien siente frío; Luego, como mamá, sintió los golpes, el maltrato y la violencia. Eso la hizo resiliente. Cuánto quisiera que no lo fuera.

A su alrededor, familias tradicionales: Un padre, una madre, dos, tres o hasta cuatro hijos(as). En su casa, 4 personajes: Ella, él, el alcohol y las hijas: 3 mujeres, 1 hombre.

Mi llegada al mundo coincidió con su valentía, porque llegué yo y se fue él. Casi como romper un techo, no de cristal sino de mil capas de cemento. Un techo que les reiteraba a nuestras mujeres que el amor perdona y que las mujeres aguantan, que ese era su deber. Ella decidió que su deber era vivir por y para sus hijas e hijo, y ahora por su nieto y su nieta.

Fue un hombre que abandonó desde mucho antes de aquel momento en que cerró la puerta y no volvió. La casa es el reflejo de ese abandono. Como si se hubiera detenido el tiempo para esa casa esquinera de un piso, sin color y sin forma, como si se hubiera quedado sin manos que la construyeran, la pintaran y la cimentaran

con la forma familiar de las casas, como una casa para una familia. El día en que se fue, se fundió el cemento y a ella le tocó ser valiente.

Mientras tanto, con todo lo que implica hablar de familias tradicionales, las casas alrededor ganaban cada vez más espacio hacia las nubes. No sé si era amor por los hijos, por la esposa, por la familia, o simplemente el cumplimiento de un deber. Lo único que sé, es que a esas casas no les faltó la presencia física de un padre ni unas manos dispuestas a levantar una casa y construir, a pesar de todo, un hogar. Esas casas son el reflejo de las familias que hoy en día, habiendo soportado el yugo de una familia tradicional, siguen contando con una madre, un padre, dos, tres o hasta cuatro hijos, y ahora, hasta nietos. Eso no es garantía de una familia feliz y amorosa, pero al menos, es garantía de que no habría espacio para la vergüenza por una casa detenida en el tiempo.

Las manos de mi mami se esforzaban cada día para lograr que sus hijas y su hijo se encontraran con futuros diferentes. Porque, aunque fuese una casa detenida en el tiempo, es una casa que ha dado abrigo, seguridad y ha servido como refugio de una familia sostenida en una mujer de manos fuertes, pies resistentes, y corazón decididamente amoroso.

Segundo relato:

Una mujer que tuvo la oportunidad de forjarse como profesional y alcanzar el éxito se casó con un hombre que compartía sus cualidades. Sin embargo, él, como muchos, la veía como la persona encargada de las labores del hogar, relegándola a un rol que no incluía el aporte económico. Frustrado por no cumplir con sus expectativas, recurrió a la violencia, tanto psicológica como física, como única forma de ejercer control. Pero ella, con una determinación inquebrantable, rompió ese ciclo y abandonó el hogar, llevándose consigo lo más preciado: su hija, que en ese momento contaba con solo cinco años.

Hoy admiro la valentía y la resiliencia de mi madre, quien priorizó su bienestar y el de su pequeña por encima de cualquier juicio que pudiera surgir del discurso moralista que la rodeaba. Le agradezco profundamente el amor genuino de una

madre aguerrida y fuerte, que lo dio todo por su niña, y que ha forjado a la mujer que soy ahora.

Gracias a ella, he dignificado el concepto de amor, no como una atadura que obliga a soportar situaciones que limitan nuestras decisiones, sino como un espacio de libertad que permite construir y crecer. Como dice Erich Fromm en «El arte de amar»: «El amor es una actividad que requiere curiosidad y coraje».

Por otro lado, no quiero pasar por alto a aquellas mujeres que han tomado la decisión de ser «amas de casa». Como diría una amiga: «No me atrevo a juzgarla de manera radical, pues no he encontrado el valor para preguntarle sobre su elección. Ignoro lo que realmente habita en su mente, pero una certeza tengo: su rol como ama de casa fue una decisión que tomó después de haber sido quien proveía económicamente. Fue únicamente su elección, y nadie la obligó. Ella lo decidió, y eso me llena de orgullo».

Si bien podría llegar a la conclusión de que tal decisión fue causada por una sociedad machista, creo que esa visión es bastante sesgada. No toma en cuenta que existen mujeres altamente exitosas en todos los ámbitos de su vida que, en un momento determinado, deciden, de manera autónoma, encargarse de su hogar. No es una decisión impuesta. Y aquí surge la pregunta: ¿realmente es algo que les satisface? ¿Deberíamos criticar ese tipo de elecciones? No es fácil evitar el juicio cuando desconocemos las razones detrás de su decisión, y aún más complicado cuando aspiramos a que nuestras propias elecciones escapen de roles de poder que, a veces, hacen del ama de casa una figura cuestionada.

Claro, no es sencillo aceptarlo, pero tampoco es justo criticar sin comprender el porqué de su elección.

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