Que alguien me explique por qué sienten tanta repulsión cuando se habla de derechos humanos, como si ellos no fueran humanos, como si estuvieran en un nivel superior y como si no se beneficiaran de esos derechos.

Que alguien me explique por qué se enceguecen ante la muerte de un político, pero ignoran las muertes de cientos de líderes sociales, como si el cargo o el estatus marcaran una diferencia en el nivel de indignación.

Que alguien me explique por qué odian tanto la protesta social y las marchas, como si no reconocieran los avances que han traído, incluso para ellos y ellas, a la sociedad. Se niegan a comprender que, si hoy las mujeres pueden votar, si usted, señora, ha podido divorciarse sin sufrir represalias o si hoy las mujeres pueden tener un poco más de autonomía sobre sus cuerpos, sus recursos y su vida, es gracias a esa lucha popular.

Podría quedarme escribiendo ejemplos de los logros que esas marchas de «indios» y «desadaptados», como muchas veces se las nombra, han traído a la sociedad, pero este no es un documento educativo.

Que alguien me explique por qué se frustran cuando se habla de derechos laborales, como si trabajar sin descanso y sin remuneración nos hiciera mejores personas. O por qué les molesta que se hable de auxilios educativos, con la insinuación de que «todo lo quieren regalado», como si sostener una beca no exigiera mayor dedicación que la de cualquier estudiante.

Que alguien me explique por qué yo no entiendo cómo es posible que no les importe el cuidado del medioambiente y que luego se quejen del calor, del frío, de los deslizamientos y de lo caras que llegan las facturas de luz y agua. Esto solo por mencionar lo que pasa en la ciudad, porque en el campo las consecuencias se sienten con mayor intensidad.

Que alguien me explique por qué yo no entiendo cómo se alegran de que exista violencia, si no son ellos ni sus hijos quienes van a pelear la guerra. ¿Acaso ese es el motivo para alentarla? ¿Que quienes se matan son otros y no nos enteramos? Porque la vida vale mucho cuando es la propia, pero cuando es la ajena, la de un joven del campo o de un barrio popular, no importa tanto.

Pero mi gran duda, esa que necesito que alguien me explique, es por qué desconocemos la realidad de un país: de un país que no es el centro, de un país que vive en los bordes, justo por donde se empieza a comer la galleta, por donde se empieza a romper todo. Quienes viven allí sufren las verdaderas consecuencias de la deforestación y la explotación minera, de los bombardeos y las tomas militares, de la falta de oportunidades y del olvido de sus mandatarios.

Que alguien me explique por qué yo no entiendo por qué se habla con odio y rencor, por qué se señala a quien es diferente, por qué peleamos con nuestra familia y la hacemos callar porque hablamos más fuerte, como si la ley de quien más grita debiera seguir rigiendo las conversaciones.

Que alguien me explique, en serio, por qué yo no entiendo si soy yo quien defiende lo que no es, quien está equivocada y enceguecida por una idea de país que no funciona para todos; si existen dos versiones del país y yo desconozco la otra.

Puede que suene resentida y frustrada, y tal vez sea verdad, pero solo vengo a presentar la versión de país que yo veo. Por eso quiero que alguien me explique por qué yo no entiendo esas otras versiones del país.