Me han quitado mis piernas, robándome la libertad de caminar sobre la tierra. Me han arrebatado mi aleta, larga y pronunciada, hurtándome la capacidad de nadar en los cinco mares. Crucé miles de tempestades por una tierra de la que, al final, solo me quedaría una brisa de libertad impregnada en lo más vívido de mi memoria; y ahora un mar me recibe con desdén, al convertirme en una persona de naturaleza dulce y salada. Juraron que me llevarían adonde reposan los monstruos turbios, para destriparme.

Mi deseo de conocer un suelo tan cálido como el sol nacía de las incontables leyendas de porte trenzado y siluetas de guerreras. Aquellas mujeres me recordaban los cuerpos marinos de mi cuenca natal, reconocidos por su aleta firme y filosa ante las olas violentas. La primera vez que caminé junto a esas leyendas no fue fácil. Recuerdo que mis pies no fueron el problema: supieron cómo guiarme dentro de las turbulencias agitadas. No eran olas saladas, sino olas con principios feroces que buscaban desmantelar al cardumen revoltoso. Aunque quisieron silenciar a muchas y llevarse a otras, nosotras resistimos aún más, con notas armoniosas y pisadas estruendosas. Aquella victoria se sentía como cuando saltaba cerca del sol y volvía a las aguas profundas tan rápido como el cuerpo marino que era.

No era solo una victoria, sino un mensaje de empoderamiento: la esperanza había vuelto no solo en mí, sino en todas. Sin embargo, no era un verde endulzado que esperaba ser descubierto y vendido al mejor postor; era una esperanza que querían fragmentar y ocultar del resto de la sociedad. Así llegó la salinidad, poco a poco, en forma de desapariciones y violencias. Sus objetivos eran mujeres que vivían en armonía y fluían incontrolablemente; no cesaban ni callaban, y ante ellas brotaban las semillas de resistencia. No se dejaban acorralar por los actos que pretendían silenciar sus voces. Se deslizaban contra las corrientes vertiginosas, esquivando cualquier obstáculo. Pero, a veces, no importaba que las oraciones y protecciones de los llamados «seres divinos» estuvieran allí: al final del camino había una fosa marina. Varias noches transcurrieron entre sollozos agudos, acompañados por un grupo fortalecido que se había levantado una y otra vez, con las rodillas envueltas en vendajes y un golpe de realidad que solo el agua salada del mar Caribe era capaz de sanar.

¿Necesitaba aquella bofetada para darme cuenta de que nunca había salido de las aguas grises que conducían a cualquier persona a su perdición? Tal vez. Jamás lo pensé así, porque había nadado con toda la vehemencia que pude. Cuando vi a mis aguas cristalinas tornarse rojas por última vez, supe perfectamente qué significaba eso para mí y para otras de mi especie: hijas de las olas, guerreras oceánicas. Había perdido el rastro de mis allegadas, como ellas perdieron el mío. Solo espero que su destino no se haya corrompido como el mío.

Miré a mi alrededor y vi sonrisas que no olvidaban sus luchas, pero que se daban un respiro de la realidad. Éramos un grupo pequeño pero reconfortante; estábamos todas unidas, abrazadas en un momento de sanación. Mis oídos se dejaron llevar: empezamos a escuchar el rumor de espumas emergentes que brotaban debajo de nuestros asientos. Rápidamente, una ola cayó dentro de las cuatro paredes. La marea subió hasta el techo y nos dejó sin luz; no podíamos distinguir nada.

En lo más profundo, donde descansa el lecho de la tierra, solo habitan seres con pocos avistamientos, perseguidos por una naturaleza escandalosa y percibidos erróneamente, a simple vista, como fantasmas llenos de dientes afilados, cuerpos transparentes y ojos casi inexistentes.

Los supuestos monstruos no se encuentran únicamente allí; también están aquí. Adoptan la carcasa de depredadores que no solo buscan quebrantar la sexualidad de muchas de nosotras, sino que nos violentan de más de una manera. Nos llevan al límite, nos acechan en la oscuridad, pendientes de atacar por la espalda y de llevarse consigo nuestro ser más profundo. En los peores casos, se llevan a varias y nunca volvemos a saber de ellas. Asimismo, se disfrazan con una máscara de solidaridad e incluso se camuflan como mujeres; cuando menos lo esperamos, nos someten a una serie de abusos de poder. Crean una brecha inmensa, llena de obstáculos y artimañas. Pocas salen vivas de allí y, cuando lo hacen, las acompaña una mente atormentada, temerosa de hablar.

En completa oscuridad renacemos. A pesar del camino de engaños, nos apropiamos de una bioluminiscencia que ni el ser más evolucionado posee. Nos adaptamos y llegamos a la superficie contra las altas presiones y las bajas temperaturas. Así trazamos nuestro camino, con un legado marcado por incontables huellas y cargando en los brazos los nombres de las guerreras que flotaron demasiado pronto. No obstante, no fuimos solo nosotras. Hubo otra persona que nos acompañó en ese camino y que no cesó de tejer lazos y abrir más oportunidades. Él siempre estuvo allí, aunque no todas nosotras estuvimos para acompañarlo. No luchó solo por unas cuantas: luchó por muchos, y varios le dieron la espalda. Es una leyenda conocida no únicamente en estos lares; varios mares conocen ya su nombre.

Ahora bien, ¿con qué lugar nos hemos quedado? Nos levantamos una vez más del suelo, mejor preparadas que antes, y corrimos con decisión, seguras de nuestro destino. Jalamos la campana y gritamos a los cuatro vientos. Al fin disponíamos de mayor autonomía: teníamos poder de decisión sobre nuestros cuerpos, como antes no lo teníamos. En nuestras manos estaba la posibilidad de escoger y decidir por cuenta propia cómo gobernar nuestra piel y nuestra carne. Nos quedamos con una tierra de la que nos sentimos orgullosas, aunque no plenamente felices. Dicen por ahí que nada cambió y que, por el contrario, este país sigue siendo uno de los «más desiguales». Esos profanadores, maldecidos con lenguas venenosas, no cuentan la historia completa: omiten información de peso e intentan borrar a los verdaderos causantes de esos desequilibrios.

Este lugar y sus líderes hicieron más de lo que mi cuenca natal hubiera hecho jamás. A veces me llegan mensajes de los océanos más alejados, donde alguna vez estuve, y me preguntan si me arrepiento de haber abandonado mi origen, teniendo en cuenta que ahora se avecina un diluvio y que las plagas están a la vuelta de la esquina, dispuestas a acabar con lo que se construyó y se levantó. Yo les respondo: «¡No!». Jamás me arrepentiré de estar de pie y lista para la lucha. Seguramente quedará un país en ruinas, una tierra sin memoria y sin nombre. Habrá perdido el derecho a ese nombre y no lo recuperará hasta que vuelva a levantarse.

Quedamos de pie las justas y necesarias, aquellas que han sido objetivos públicos, mujeres mal llamadas, mujeres vigiladas por hacer de su voz un símbolo. Es hora de pronunciarse; nunca será tarde. Es momento de formarse, corregirse y prepararse para las siguientes indolencias que vendrán y para las victorias que nos quitarán. A algunas las querrán hacer caer; otras caerán. Pero no nos convertiremos en espuma ni desapareceremos de esta faz tan sencillamente como nos quieren hacer creer. Para volar hay que aprender a caer y para nadar hay que aprender a flotar.