¿Por qué «seres inferiores»? A lo largo de la historia, numerosos órdenes sociales han considerado inferiores a las mujeres, la niñez, las personas mayores y, en general, a quienes no encajaban en el modelo masculino dominante. No se trató de una conspiración simple, sino de un sistema cultural e institucional construido y reproducido durante siglos, principalmente en beneficio de los hombres.
Sin tener que justificarme mediante etiquetas ni aceptar la categoría de «ser inferior», el solo hecho de ser humana me da derecho a gritar, llorar, buscar, observar, pedir y exigir mis derechos. Estos nacen de mi dignidad, no de mi capacidad de gestar, cuidar o producir. Puedo sembrar y ver germinar la semilla en la tierra; recolectar sus frutos; cosechar el agua; crear ideas; acompañar, enseñar y ver crecer. Sin embargo, el patriarcado ha pretendido excluirme de las decisiones sobre mi vida, mi familia, mi comunidad, mi región, mi país y mi planeta. Por encima de todo, ha pretendido impedirme decidir sobre mi cuerpo.
Todavía hay quienes repiten que esa historia ya fue superada, aunque persisten prácticas que nos confinan a las tareas domésticas, al cuidado de niñas y niños y al trabajo agrario, sin libertad de elección ni reconocimiento.
La historia también nos ocultó: borró nuestros nombres o los sustituyó por seudónimos masculinos para inscribir a los hombres como únicos protagonistas. A ellos se les atribuían el liderazgo, la creación de empresas y la defensa del hogar, de la patria, del legado y de la historia; a ellos se les reconocían derechos negados a las mujeres. Las mujeres dedicadas a la medicina y a las ciencias químicas, físicas y agrarias, así como las escritoras, permanecían fuera del relato público o apenas aparecían en sus márgenes. Muchas mujeres tampoco podían hablar públicamente de sus cuerpos ni decidir sobre ellos.
¿Por qué «seres inferiores»? La historia muestra que a muchas de nosotras se nos invisibilizó o devaluó desde el nacimiento: se prefería que naciera un varón para «mejorar» la descendencia; se afirmaba que la menstruación volvía impuras a las mujeres; se negaba nuestra inteligencia y nuestra capacidad para liderar un hogar, una idea, un proyecto o un proceso; y se condicionaba nuestro reconocimiento social al atractivo sexual.
La historia debe corregir ese olvido y reconocer a las mujeres. A lo largo de la historia hemos sostenido la vida, liderado comunidades y creado vínculos que integran la sociedad. ¿Por qué, entonces, siguen decidiendo sobre nuestros cuerpos?
El patriarcado
¿Qué es el patriarcado? Es un sistema histórico de organización social que concentra el poder, la autoridad, la propiedad, el gobierno y la producción de las leyes en los hombres, especialmente en quienes encarnan el modelo masculino dominante; al mismo tiempo, subordina a las mujeres y a quienes no se ajustan a ese modelo.
En este sistema, las mujeres quedan subordinadas cultural e institucionalmente en ámbitos como la economía, la política, el trabajo y la protección estatal, así como en las decisiones sobre su propia vida. El patriarcado también perjudica a los hombres que no encajan en el ideal hegemónico de masculinidad: les impone ser proveedores únicos, ocultar sus emociones, renunciar a ejercer una paternidad presente y representar al «macho» del hogar. Patriarcado y machismo no son lo mismo: el primero es un sistema de poder; el segundo, un conjunto de actitudes y prácticas que lo reproducen. ¿Por qué siguen decidiendo sobre nuestros cuerpos?
El patriarcado cambia de forma para conservar su poder. Creemos haberlo derrotado, pero reaparece y vuelve a disputar nuestro derecho a la autonomía corporal. Se instala en las instituciones, los hogares y las costumbres; se filtra cuando la memoria colectiva de las luchas se debilita y cuando los derechos conquistados se presentan como un «lujo». Por eso debemos recordar cuánto nos ha costado poder decidir sobre nuestros cuerpos.
Salir de casa o quedarse en ella; elegir cómo vestir; decidir qué espiritualidad cultivar, qué aficiones practicar, qué leer y qué comer; escoger qué camino tomar, adónde viajar, si tener descendencia o no tenerla, qué procesos liderar, en qué luchas participar y cuándo expresar o reservar nuestra opinión: todo forma parte del derecho fundamental a decidir sobre nuestros cuerpos.
Una transformación duradera exige una tarea colectiva que nos incluya a todas las personas. No es una confrontación entre el feminismo y los hombres, sino un proceso de deconstrucción de valores, prejuicios misóginos y complicidades interiorizadas en las instituciones, el Estado, el trabajo y los hogares.
Esa revisión debe alcanzar las leyes y políticas que dicen proteger a las mujeres, pero priorizan un modelo de familia definido desde la autoridad masculina. También debe llegar a la ciencia y la salud cuando intervienen en la reproducción sin reconocer plenamente nuestra autonomía. Debe cuestionar, además, el imaginario que presenta la familia formada por un hombre, una mujer y sus hijas e hijos como única forma legítima.

Debemos desmontar los machismos y micromachismos que normalizan abusos bajo la idea de que el hombre debe ser jefe del hogar, del Estado o de las fuerzas armadas.
En Colombia, durante el periodo 2022-2026, percibimos avances en la discusión pública sobre la autonomía corporal, la educación, el bienestar familiar, la autonomía económica, el reconocimiento del cuidado y el trabajo doméstico, tanto en los territorios apartados como en las ciudades. Esperamos que los gobiernos siguientes reduzcan las brechas de género y amplíen nuestra autonomía corporal.
Y, si no fuera así, a todas las personas, sea cual sea nuestra identidad de género, nos corresponde no retroceder. Cuando intenten volver a dominar nuestros cuerpos, estaremos más preparadas, preparados y preparades para defender nuestros derechos humanos, sexuales y reproductivos.
¡A la carga, compañeras,