En las últimas décadas, buena parte de las sociedades contemporáneas se ha jactado de vivir en la «era del conocimiento». Sin embargo, hoy asistimos a un fenómeno que contradice esa premisa: el auge de un antiintelectualismo militante. No se trata simplemente de no saber —una condición común y remediable—, sino del desprecio activo por el conocimiento, del orgullo de no razonar y de una tendencia alarmante a convertir la certeza infundada en virtud pública.

Este escenario invita a recuperar las advertencias de dos de las voces más lúcidas del siglo XX: Dietrich Bonhoeffer y Hannah Arendt.

Para el teólogo Dietrich Bonhoeffer, quien reflexionó sobre el ascenso del nazismo desde la resistencia, la «estupidez» no designaba una limitación intelectual ni, de manera simple, un defecto moral individual. La entendía como un fenómeno humano y social vinculado a la pérdida de autonomía bajo relaciones de poder. Por eso la consideró una enemiga del bien más peligrosa que la malicia: frente a esta cabe protestar y desenmascararla, mientras aquella se cierra a las razones y los hechos.

Hoy, este fenómeno se amplifica a través de cámaras, micrófonos y pantallas. Algunas figuras influyentes en redes han descubierto que la estridencia produce más atención y rentabilidad que la reflexión. Al presentar opiniones infundadas como verdades absolutas, movilizan audiencias que no buscan aprender, sino confirmar sus propios sesgos. La advertencia de Bonhoeffer adquiere así una nueva resonancia: cuando una persona subordina su juicio a la aprobación del grupo, puede perder capacidad crítica y convertirse en instrumento de ideologías o liderazgos que privilegian el espectáculo sobre los argumentos.

La banalidad de la pantalla

Esta renuncia al juicio permite trazar una analogía —no una equivalencia— con lo que Hannah Arendt denominó «la banalidad del mal». Al observar el juicio de Adolf Eichmann, Arendt advirtió que la comisión de atrocidades no exige figuras monstruosas. En Eichmann encontró una aterradora normalidad: un funcionario con responsabilidad directa en la organización de deportaciones de personas judías hacia centros de exterminio, cuya adhesión a clichés y al lenguaje burocrático revelaba una profunda ausencia de pensamiento reflexivo. Su tesis no lo exculpa ni reduce el mal a la ignorancia; interroga la relación entre falta de reflexión, incapacidad de juzgar y responsabilidad personal bajo una dictadura.

En la actualidad, esa reflexión puede ayudarnos a leer ciertas prácticas digitales, siempre que no equiparemos un clic con los crímenes analizados por Arendt. La deshumanización de otras personas, el linchamiento virtual y la propagación de discursos de odio pueden realizarse con una ligereza aterradora. Quien comenta o comparte un mensaje peligroso no siempre actúa por malicia explícita; con frecuencia no examina sus consecuencias, responde a la presión del grupo o reproduce prejuicios dominantes. Se responde a los incentivos de visibilidad que imponen las plataformas y se busca la aprobación colectiva. La responsabilidad individual subsiste, pero también deben examinarse las responsabilidades de las plataformas, los modelos de negocio, los liderazgos y las comunidades que diseñan o amplifican esos incentivos.

La historia recuerda las consecuencias de normalizar la obediencia y suspender el juicio. El Holocausto y la Revolución Cultural china fueron procesos histórica y políticamente distintos; no deben reducirse a la «estupidez» de quienes participaron. En ambos intervinieron estructuras estatales, propaganda, burocracias, ideologías de persecución, coerción y decisiones personales. Nombrar esa complejidad no disminuye la responsabilidad: impide que una etiqueta fácil sustituya el análisis.

El peligro actual es que se han masificado las herramientas para difundir desinformación y certezas infundadas. Cuando una sociedad premia la certeza sin argumentos, desacredita el conocimiento especializado y trata el razonamiento como un estorbo para el espectáculo, crece la capacidad colectiva de justificar atropellos en nombre de una tendencia o una ideología simplista. El problema no es que existan personas que desconocen algo, sino que el desconocimiento se convierta en orgullo, la duda en debilidad y la desinformación en estrategia de poder.

Pensar como acto de resistencia

Recuperar la capacidad de razonar, dudar de lo que vemos en una pantalla y cuestionar nuestras propias creencias no es solo un ejercicio intelectual: es un deber ético.

Frente a la cultura del «me gusta» fácil y del aplauso a la certeza infundada, la resistencia reside en la reflexión crítica. Solo mediante el pensamiento propio y una responsabilidad a la vez individual y colectiva podremos evitar que la banalidad del presente se convierta en la tragedia del futuro. A la luz de Bonhoeffer y Arendt, la verdadera libertad comienza cuando termina la obediencia ciega y se ejerce el juicio propio.

Elizabeth Jiménez Ochoa

Referencias

Arendt, H. (2025). Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal. Debolsillo. (Trabajo original publicado en 1963). Ficha editorial.

Bonhoeffer, D. (2025). Resistencia y sumisión: cartas y apuntes desde el cautiverio (3.ª ed.). Ediciones Sígueme. (Trabajo original publicado en 1951). Ficha editorial.