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Ser zurda en un pueblo godo

por Laura Valentina Rodriguez Camacho | Ago 10, 2026 | Insurrecta | 0 Comentarios

«La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla»,

escribió Gabriel García Márquez.

Recordar el Huila, mi tierra natal y raíz de mi historia, me lleva inevitablemente a esos paisajes cafeteros de montañas infinitas, labrados por las manos del campesinado. Es la misma postal que contemplo a través de la ventana del carro mientras viajo hacia los centros de salud para atender a las comunidades rurales, que siempre me reciben con ese olor a café fresco, tan singular y auténtico como nuestra cultura folclórica y el compás del sanjuanero huilense.

Sin embargo, en estas mismas trochas y veredas a las que voy entre semana, donde abundan la cultura opita, el olor a café tostado y el calor denso que baja de la cordillera, también me encuentro con la impronta de una política rígidamente conservadora. Garzón, el municipio donde nací, es conocido como el «Alma del Huila». Conserva su arquitectura colonial —casonas señoriales de tapia pisada y plazas amplias— y también recibe el apelativo de «Capital Diocesana del Huila»; ese legado diocesano convirtió al municipio en el corazón eclesiástico y en un eje moral del centro del departamento. Buena parte de la vida social se ha organizado bajo la sombra de la imponente Catedral de San Miguel Arcángel y el repique de unas campanas que parecen vigilarlo todo. En parte de esa vida social pesa una moral estricta, custodiada por el qué dirán y sostenida por un fuerte apego al legado tradicional. A la vez, quienes habitan el municipio ofrecen una calidez profunda a quienes llegan de fuera. En la memoria regional, esa confianza hospitalaria remite al episodio de 1962 en el que las autoridades y las élites sociales de Neiva agasajaron a quien tomaron por el «embajador de la India». El personaje era, en realidad, un antiguo seminarista formado en Garzón. Se movió entre lujos, alimentó las ilusiones de su entorno con promesas de progreso y, tras ser descubierto, dejó en la memoria huilense una huella burlesca e inolvidable: desde entonces, la historia se cuenta con recelo.

Bajo la superficie de esa calidez característica de nuestra gente se esconde, no obstante, una estructura «goda» y patriarcal que históricamente ha regulado y castigado las conductas sociales de quienes habitan Garzón. Esa estructura se traduce en un control silencioso que lo moldea todo. Aquí predomina una manera tradicional de hacer política: heredar el poder entre las mismas familias. Es una política en la que el discurso religioso tiene injerencia directa desde los altares; la bendición sacerdotal favorece y valida la candidatura de turno, mientras desde esos mismos altares se condena como «pecado» o «peligro» cualquier ideología de cambio. Es una postura casi medieval, pero sin la hoguera de la Inquisición, en pleno siglo XXI.

En medio de este dogma clerical y conservador, habito a contracorriente. Ser una mujer prieta, activista, de izquierda y de pensamiento disidente en un pueblo donde predomina la bandera azul es confrontar la cotidianidad y romper las cadenas impuestas en el territorio. Recorrer esos caminos rurales para atender a la gente, reconociendo por encima de cualquier filiación política su dignidad humana, me recuerda lo que significa cargar con el peso de una hegemonía que vigila nuestros cuerpos, nuestras apuestas políticas y nuestras ideas cuando no se alinean con su doctrina.

Pero, si alzamos la mirada hacia el resto del país, mi experiencia en Garzón no está aislada: es el espejo de una nación donde sectores del clero y el fundamentalismo religioso siguen ejerciendo poder sobre fieles y ciudadanía. Lo acabamos de vivir en las elecciones: el ascenso de una corriente política rígida, extrema y de tendencia ultraconservadora que pretende dominar la forma de vivir y la conducta social. Precisamente al advertir que este panorama regional no es ajeno al nacional, me planteo con urgencia una pregunta: ¿qué país nos quieren devolver?

Aunque la respuesta parece clara, no deja de ser preocupante: nos quieren devolver un país silenciado, sometido y regido por contradicciones impuestas a conveniencia. Escuchar al presidente electo Abelardo de la Espriella contradecir reiteradamente sus propias ideas y propuestas debería despertar dudas en la población colombiana, pues las convicciones, los ideales y los argumentos de quien gobernará la nación deben ser claros y coherentes, no acomodarse para sacar provecho del momento político. Detrás de esa confusión, que parece calculada, persiste un objetivo: el control social. Es ahí donde los derechos y la participación de las mujeres en la democracia y en la sociedad corren peligro.

Al observar el ambiente político actual, se percibe el intento de reinstalar el paradigma de la sumisión femenina: aquel que históricamente ha pretendido dominarnos bajo la coartada de la tradición. Sectores religiosos, aliados históricos de este poder autoritario, vuelven a respaldar esta línea de pensamiento. Son los mismos sectores eclesiásticos los que han juzgado con dureza la autonomía de las mujeres —en especial, la de quienes construyen su vida fuera de la cocina y del hogar— y que condenan a quienes ocupamos el espacio público o lideramos procesos en el territorio. Nos quieren devolver al confinamiento doméstico, calladas y obedientes.

Este intento de control no llega solo: lo acompaña una nueva estrategia que apela a nuestros deseos, gustos, inseguridades y búsquedas de satisfacción personal para controlar nuestra forma de vestir y nuestros propios cuerpos.

Por medio de una representación honorífica que cínicamente podríamos llamar «ministerio de la moda», se busca imponernos un modelo estético. La realidad es que las pasarelas, el espectáculo de los escenarios, el glamur y lo que se presenta como fashion intentan dictar, de forma encubierta, cómo debemos lucir. Detrás de este escenario de brillos, cámaras y destellos se esconde el viejo anhelo de arrebatarnos la libertad de expresarnos, uniformar nuestras identidades y disciplinar políticamente los cuerpos de las mujeres para que encajen en su proyecto de país retrógrado.

Sin embargo, algunas mujeres participan en esta puesta en escena y terminan legitimando, de manera consciente o no, la estrategia de control. En diálogo con los análisis de Angela Davis sobre el capitalismo y el patriarcado, puede afirmarse que los poderes tradicionales han diseñado mecanismos sofisticados para contener el potencial transformador de las mujeres, despolitizar sus demandas y canalizarlas hacia el consumo y la domesticidad. Al elevar la moda a emblema de una política estatal, se nos ofrece el espejismo de la libre elección encerrada en un clóset, mientras se nos arrebata la libertad de elegir en la plaza pública. Es una dictadura muy sutil: pretende que cambiemos el derecho a la palabra por el «privilegio» de consumir modas aprobadas por la oligarquía.

Bajo el ropaje de este falso progreso estético, dirigido por las élites desde las oficinas capitalinas, se esconde el olvido de la periferia. La realidad de las periferias está marcada por la falta de garantías básicas. En mi trabajo de atención primaria en salud, encuentro los rostros y las necesidades de mujeres para quienes las etiquetas de alta costura no sustituyen el acceso a la dignidad, el bienestar y la justicia social. Pretender que la liberación femenina se reduzca a un desfile es maquillar la desigualdad con seda y ocultar el abandono estatal bajo la seducción de una pasarela aprobada por el poder.

Las identidades de las mujeres opitas y colombianas no se compran en pasarelas de alta costura ni se moldean en los altares del conservadurismo: se construyen día a día en la resistencia de los territorios. Se encarnan en las mujeres campesinas y en las lideresas anónimas que, pese a las miradas vigilantes de una sociedad sometida al qué dirán, sostienen sus hogares, labran la tierra, cuidan el agua y empiezan a cuestionar los mandatos coloniales que han buscado silenciarlas.

El eco de esas voces resuena en mi activismo. Al mirarme en el espejo de su dignidad, entiendo que la periferia no va a guardar silencio. Aunque el avance de fuerzas patriarcales resulte frustrante, me motiva y me llena de esperanza saberme parte de quienes resistimos: de las mujeres que elegimos no encajar en los percheros de la uniformidad, que defendemos la diversidad de pensamiento y que, con el orgullo de la dignidad intacta, decidimos ser zurdas en un pueblo godo.

Referencias

García Márquez, G. (2002). Vivir para contarla. Grupo Editorial Norma.

Davis, A. Y. (2005). Mujeres, raza y clase (A. Varela Mateos, Trad.). Ediciones Akal. (Trabajo original publicado en 1981).

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