Kant afirma en su Ensayo sobre Las Enfermedades de la Cabeza que toda locura está inmersa en dos pasiones: el orgullo y la avaricia, Kant no los presenta como pecados capitales ni como vicios morales, sino como una estructura de una razón a la inversa, ya que estas son absurdas porque su fin se destruye a sí mismo en el acto de perseguirlas.
Según Kant el orgullo necesita la admiración y el reconocimiento de los demás para sentirse preeminente, pero los menosprecia y hace que lo abucheen, se siente honrado precisamente cuando lo rechazan, por que interpreta el desprecio ajeno como confirmación de su superioridad. Ahí es donde se invierte la razón, lo que debería producir admiración produce ridículo, y el orgulloso lo lee al revés. Además, Kant hace una distinción conforme el grado de vacuidad de la cabeza, el orgullo puede producir “Locos bobos” dominados por la inmadurez e inestabilidad o puede producir “Presuntuosos” dominados por la estupidez. Y describe la avaricia como la necesidad de acumular bienes para poseerlos y gozarlos, pero la mezquindad lleva a privarse de todo lo que acumula.
Entonces, cualquier pasión es tan potente que el entendimiento, aunque ve perfectamente las razones que se oponen a ella, se niega a conferirles algún tipo de actividad para reflexionar. El hombre fascinado por su orgullo o su codicia sabe que actúa absurdamente, pero no puede detenerse; y cuando la pasión invierte el juicio y los principios, entonces el insensato se convierte en loco. Kant distingue aquí algo que vale la pena no perder de vista: el insensato todavía puede dar buen consejo a otros, aunque no lo siga él mismo. El loco, en cambio, ya no puede. Esa distinción importa porque nos obliga a una pregunta incómoda: ¿hay momentos en que Abelardo dice cosas ciertas? Y si los hay, ¿qué nos dice de nosotros el hecho de que lo sigamos únicamente cuando coincide con lo que ya queríamos escuchar?
Hace unos años leí este ensayo, pero hoy, más que antes, cobra sentido, teniendo en cuenta que está en disputa algo tan importante como la presidencia del país y, estando en campaña, aparecen personajes de extrema derecha, entre ellos Abelardo de la Espriella, que recoge estas pasiones.
En ese entendido, las dos pasiones kantianas se despliegan en Abelardo con una claridad casi milimétrica.
Abelardo ya no busca la admiración por méritos concretos sino por apariencia, su presencia en televisión, su retórica encendida, su postura de defensor del pueblo humilde son los instrumentos de un orgullo que necesita el reconocimiento masivo para sostenerse, cuanto más ruidosamente proclama su superioridad moral sobre los corruptos y los poderosos, más evidente resulta que, esa proclama es el síntoma mismo de la vanidad que denuncia.
Por otro lado, la avaricia de Abelardo no se presenta como codicia sino como el hombre que acusa a otros de enriquecerse. El avaro clásico acumula y se priva; Abelardo acumula influencia, contratos, favores, información comprometedora, y finge privarse de todo ello bajo el manto de la austeridad republicana.
Par Kant el error más común es creer que la locura surge del orgullo o de los excesos, en realidad esos comportamientos extravagantes son la consecuencia de un trastorno ya en marcha, no su origen. En Abelardo su corrupción no comenzó cuando tuvo poder para corromperse, comenzó mucho antes: en la acción del hombre que aprende a leer el desprecio ajeno como admiración, que aprende a llamar austeridad a lo que es acumulación estratégica, que aprende a convertir cada señal de fracaso en prueba de su virtud perseguida.
Abelardo de la Espriella no es una anomalía sino un síntoma representativo de la derecha radical colombiana que ha encontrado en las dos pasiones kantianas su combustible ideológico más eficaz, porque se construyen sobre la proclama permanente de una superioridad moral frente al enemigo ideológico, ya sea el comunismo, el petrismo, al que se le oponga o a cualquier figura que se salga del margen de lo que se considera “correcto”.
Es por eso, que en Abelardo conviven los locos bobos y presuntuosos, la inconsistencia del que cambia de posición según el auditorio y la estupidez del que no puede concebir que se equivoca.
Estamos en una recta decisiva, en donde es bastante importante prestar atención a cada detalle, hacer esta comparación nace del miedo latente que representa tener como presidente a un enfermo de la cabeza, pero eso inevitablemente me lleva a pensar en
¿Qué tan enfermos de la cabeza estamos como sociedad? y ¿Qué tan abiertos estamos para reconocerlo y cambiarlo?
Una de las cosas a las que constantemente está huyendo el ser es a la confrontación de sí mismo. Estamos prestos a ver lo que está incorrecto en el otro, como ser o como sociedad, pero cuando nos toca mirar hacia adentro, huimos o lo evadimos hasta que ya nos vemos en la obligación de hacerlo. Puedo decir de primera mano que cuando no reflexionamos nuestros comportamientos, no cuestionamos nuestros ideales y no ratificamos nuestros principios, se nos van a presentar situaciones que nos toman con los calzones abajo, como se dice coloquialmente, y nos vamos a sentir perdidos, con confusión y dudosos de lo que somos.
Colombia hoy está pasando por ese momento, en el que ve claro cuáles han sido los males que no quiso afrontar antes, cuáles son las preguntas que no quiso responder, cuáles fueron las situaciones que no quiso mirar a los ojos y los problemas que no quiso resolver, no obstante, hay algo que me hace sentir un alivio, y es ver a los niños, jóvenes, adultos, ancianos, reconociendo con vergüenza, pero con humildad todo lo que quisimos ocultar y silenciar.
Me da ilusión y esperanza, ver como todo un país está siendo capaz de tomar acciones que requieren de la berraquera y valentía innata que nos caracteriza, sentir un pueblo lleno de amor, comprensión y paciencia, que sabe que solo unidos vamos a poder construir lo que hace mucho tiempo tuvo que pasar.
No desistamos en luchar contra las pasiones que hacen que personajes como Abelardo y otros de la derecha estén hoy queriendo seguir usurpando lo que nos pertenece, apropiémonos aún mas de nuestra riqueza humana, natural y espiritual, hagamos de la vida lo supremo y lo inquebrantable, porque solo así, podremos alcanzar la gloria.